No me mal interpreten: sobre racionalidad y contexto en el comportamiento económico

En la edición de este mes del Journal of Economic Behavior & Organization viene un interesante estudio de Menusch Khadjavi y Andreas Lange en el que, por primera vez, se hacen experimentos del Dilema del Prisionero con reclusos. Francamente, a priori no amerita hacerse demasiadas expectativas del resultado de esa investigación. Mal que mal, en las últimas dos décadas juegos del Dilema del Prisionero se han hecho en casi todos los contextos imaginables: con estudiantes, con profesionales, en países desarrollados y subdesarrollados, con aborígenes de tribus en América Latina, África y Oceanía, etcétera y el resultado ha sido siempre el mismo: pese a que en teoría están dados todos los incentivos para comportarse de manera oportunista, el dato es que las personas reales que participan en las distintas versiones del dilema cooperan. Una y otra vez. Cooperan cuando la ganancia de no cooperar es un monto pequeño y lo hacen cuando dicho monto equivale a un mes de ingresos. Cooperan incluso cuando el anonimato está garantizado. Es más, cuando le dan la oportunidad de castigar ex-post a alguien que no cooperó y no verán nunca más, lo castigan aún cuando les signifique un costo personal e irrecuperable.

En su minuto fue tan fuerte el remezón que estos resultados empíricos generaron en el mainstream económico que los economistas neoclásicos se rindieron ante la evidencia e iniciaron entusiasmados el diálogo con nuevas subdisciplinas como behavioral economics cuya agenda de investigación está dirigida hacia entender cuáles son los límites de la racionalidad que hacen posible lo que teóricamente era impensable: que las personas sistemáticamente no actúen en forma racional. Fue así que en poco menos de veinte años, behavioral economics pasó de ser una rareza en la periferia de la teoría económica a un área consolidada en su centro. Es que la irracionalidad sistemática en un sistema sin ninguna justificación es una profunda anomalía y el behavioral economics ofrece una respuesta que reconcilia a la teoría neoclásica con la “contra-evidencia” empírica. No es fácil exagerar el punto sobre porqué esto es tan importante. Algunas personas pensarán que esa manía por la racionalidad no es más que mera ideología; pero no, no se trata de eso. Mírenlo de este modo: evolutivamente se torna incomprensible que sobreviva y se reproduzca una especie, un grupo o un individuo que renuncia sin motivo aparente a un beneficio neto. Ello es así porque alguna otra especie, grupo o individuo tarde o temprano aprovechará esa debilidad y el primero será desplazado por el segundo. Así funcionan los mercados donde hay competencia y, mutatis mutandis, así se explica porque hemos sobrevivido algunas especies de las que hemos habitado el planeta y no otras.

Por eso, que alguien quisiese testear el Dilema del Prisionero en el grupo de personas que le dan el nombre al juego prometía no ser más que una anécdota. Un completar del círculo ¡Qué esperar? Bueno, como en todos los casos anteriores, cabe esperar que los sujetos cooperarán pese a que el modelo parece sugerir otra cosa. Bueno, el resultado del estudio de Menusch Khadjavi y Andreas Lange es que efectivamente cooperan,… pero hay algo más. Ellos crearon situaciones del Dilema del Prisionero en las que participaron reos y en las que participaron estudiantes universitarios y las compararon. Para sorpresa de muchos economistas, los reclusos no sólo cooperaron, sino que lo hicieron en proporciones significativamente mayores que los estudiantes. Dicho de otro modo: el dilema del prisionero no parece ser un dilema para prisioneros reales. Los reos no parecen ser tan desconfiados y oportunistas como muchos esperaban. Como mínimo debe decirse que resultaron ser menos oportunistas que estudiantes universitarios.

La noticia del estudio voló en círculos de economistas y en las redes sociales. Lo que más me llama la atención en esa verdadera ola de comentarios que se han venido acumulando es que la conclusión mayoritaria parece ser: ah! el modelo no funciona. La teoría detrás del Dilema del Prisionero es un fracaso. O dicho más brutalmente: ¡¡Cómo va a ser que los presos cooperen más que estudiantes, qué cosa más irracional! En mi opinión, la teoría es correcta y ni siquiera antes de la irrupción del behavioral economics había fracasado. Quisiera exponer brevemente mi punto porque creo que tiene implicancias sobre la performatividad de la disciplina económica. Esta es mi hipótesis: la teoría de la racionalidad de los actores o agentes económicos es correcta, pero continuamente la mal interpretamos porque nos olvidamos del contexto en la que la racionalidad del actuar adquiere su significado.

Como yo lo veo, la reacción de la academia ante el supuesto divorcio entre evidencia empírica y teoría ha sido el incorrecto. Ésta ha sido tratar de entender por qué la gente no actúa racionalmente (esto es: entender el por qué un individuo racional coopera cuando no debería hacerlo). En ese marco, el behavioral economics se ha acomodado bastante bien al mainstream económico precisamente porque ha dado una respuesta a esa pregunta. La razón de la irracionalidad sería una nueva variable que pone una fricción, un costo, un límite que impide a la racionalidad desplegarse en toda su extensión. Además, para la modelación formal en economía esta aproximación es bastante conveniente porque se trata en último término de agregar un parámetro al modelo.

Pero en todo este proceso hay un supuesto que no ha sido demostrado ¡Cuándo, dónde, en qué instancia hemos confirmado que la acción de cooperar era irracional y que lo racional era no hacerlo? Si el beneficio de una acción es B y su costo es C, la racionalidad supone que harás esa acción si B es mayor o igual que C. La teoría hasta ahí es impecable. Pero aquí viene el punto: ¡por qué asumo que lo que yo entiendo por B y C es lo mismo que otros individuos entienden por B y C? Este es un error recurrente en teoría económica y que se puede resumir en una frase: una práctica habitual entre economistas es creer que existe algo así como un “medio generalizado de intercambio de significados” y eso lleva en ocasiones a creer que lo que para una persona es racional debe serlo también para cualquier otra.

Por ejemplo, en teoría de la demanda se dice que la demanda agregada por un bien X es la suma de las demandas individuales por X. Esa suma indica correctamente a cuánto asciende el total de las capacidades de compra de los distintos individuos en el mercado de X. No obstante, muchos economistas le asignan además un valor en términos de bienestar colectivo de consumir X. Es decir, asumen que las disposiciones a pagar por X que tiene Juan se suman a las que tiene Pedro, María, Vicente, etcétera y mágicamente obtenemos el bienestar social que genera el consumo de dicho bien. Pero eso es falso. La teoría del valor en economía es subjetiva. No es cosa de llegar y sumar subjetividades. En términos técnicos, la utilidad marginal del ingreso para Juan, Pedro, María, Vicente están en unidades cuyos significados tienen sentido particulares para Juan, Pedro, María y Vicente respectivamente; y nada garantiza que ese significado sea compartido por los demás (cómo no pensar en este punto en el trabajo de Viviana Zelizer sobre las distintos significados del dinero, por ejemplo).

En el caso del Dilema del Prisionero pasa algo parecido: a mí me parece que es normal esperar que los reclusos sean grandes cooperadores con otros reclusos. En la gran mayoría de casos, su sobrevivencia en ambientes hostiles ha dependido de ello. Pocas veces uno podría encontrar más complicidad y espíritu cooperador que entre aquellos que se coluden para hacer lo prohibido. Más aún si anticipan que dedicarse a hacer lo permitido es una opción que le resulta muy difícil porque tienen antecedentes penales que le cierran muchas puertas. Cooperar en esos ámbitos es lo más racional que pueden hacer. La fuente que dan sentido a tu actuar racional que se han formado tras haber pasado por años de socialización en normas de lealtad que al quebrantarse se pagan hasta con la muerte no desaparecen al entrar a un experimento controlado en el que te comparan con estudiantes universitarios cuyas experiencias de vida, probablemente están en las antípodas de las tuyas. Como recluso, lo que tú percibes como costos y beneficios difiere (con toda probabilidad) de lo que el estudiante entiende por lo mismo y, por cierto, de lo que quien diseñó el experimento tenía en mente. Por eso, no es cosa de comparar si los presos cooperan más o cooperan menos que los estudiantes. No tenemos ninguna garantía que estamos hablando de individuos comparables aun cuando hayan sido sometidos al mismo experimento. Y es aquí donde vale la pena recordar un dato de los más de veinte años de experimentación en estas materias: cuando los juegos de cooperación se juegan repetidamente en el tiempo, son consistentes con la teoría. La misma persona que antes cooperaba deja de hacerlo después de un tiempo si al frente se encuentra persistentemente con otra persona que no lo hace. Obvio, no podría ser de otro modo: son personas racionales.

Ahora bien, ¿qué es lo que falla entonces? Falla nuestra interpretación del contexto desde el que el individuo realiza su acción racional. Ahora bien, considerar esto como parte de la explicación del fenómeno implica un desafío mayor para la teoría neoclásica al que le impuso en su minuto el behavioral economics. Dicho desafío supone incorporar a la teorización económica el contexto desde el cual la acción racional se torna y se puede entender como racional. Eso, lamentablemente, no se soluciona con un parámetro en el modelo. Y es allí donde empieza la performatividad. El contexto desaparece. Lo racional se trastoca. Y eso que hacemos cotidianamente: dar, compartir, cooperar, ser amistoso con el extraño,… ser parte de un contexto, se convierte en una paradoja incomprensible o, al menos, irracional.

Las implicancias de lo anterior no son pocas ni secundarias. Por ejemplo, muchos economistas insisten (pese a la robusta evidencia empírica en contra) que las mejores políticas contra la delincuencia son las que aumentan las penas ¿Dónde está el error?  Está en el supuesto de que más penas, independientemente del contexto, significan para todos los individuos lo mismo: un costo. Hace tres años a raíz de la tragedia de la cárcel de San Miguel donde fallecieron 81 reos escribí una columna de opinión en El Mostrador que llamé “Perdón Profesor Becker, lo mal interpretamos”, donde desarrollo con más detalle esa idea. Me quedó aquí con el hilo central: el problema no es la teoría sino que mal interpretamos el significado que tienen los beneficios y costos para distintas personas sometidas a la misma situación y tendemos a pensar que siempre pueden entenderse beneficios y costos como lo mismo para todas las personas. Pero en ocasiones eso no es así y cuando ello pasa en vez de volver a las raíces a tratar de entender la racionalidad de la acción de los distintos agentes, concluimos que han actuado irracionalmente.

En suma, la teoría económica es esencialmente correcta: las personas actuamos en base a incentivos. El error recurrente de los economistas y el inicio de la performatividad de muchas teorías económicas es asumir que los incentivos son universales y descontextualizables. Tras ese paso, al enfrentarse a conductas inesperadas en individuos reales, el investigador en vez de volver a la base para entender el contexto de dichas acciones, se apura en concluir que como no son las esperadas, entonces son irracionales. Los efectos sociales de estos errores son enormes. Y ya que estamos hablando de presos, cuando se aplican a la comprensión de la conducta criminal, se han transformando en la producción de una verdadera industria del delito con cárceles hacinadas con reos sometidos a altas penas de cárcel, cero reinserción social y alta reincidencia. Los errores a lo que ello conlleva malinterpretar a la racionalidad sin su contexto no se solucionan agregado un parámetro en los modelos formales. Sobre cómo hacerlo tengo una idea, pero dejémoslo para otra ocasión.

Jorge Fabrega

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Comments

  • joseossandon  On August 7, 2013 at 6:22 pm

    Gracias Jorge, siempre es bueno tener algo más de economía, la disciplina, en estudios de la economía. De hecho, rápidamente parece aparecer la diferencia entre estudiar asuntos económicos (empresas, dinero, mercados, etc.) a temas que parte de la disciplina económica ha asumido como su área de investigación, la acción orientada por incentivos. Aunque claro, tanto economistas como sociólogos económicos se han interesado mucho y seguirán haciéndolo por el famoso tema de la racionalidad. Sin ser experto en Dilema del Prisionero ni mucho menos teoría de juegos, suena muy bien lo que cuentas y tú solución al problema, que, resumiendo lo formularía así, me corriges si me equivoco, “el tema no es que los actores no orienten su acción de acuerdo a incentivos pero que lo que los incentiva a actuar varía según el contexto en que se encuentren”. Ahora, supongo que nadie podrá estar muy en desacuerdo con esto. De hecho, algo parecido han dicho gente tan diferente como Parsons, Bourdieu, Garfinkel o Granovetter. Pero los que los diferencia es como entender el contexto. ¿Cómo te aproximarías tú a esto? En la sociología la mayor decisión al respecto pasa entre partir de asociar individuos a culturas específicas (i.e. determinados sujetos evalúan de determinada forma, a la M. Douglas) o – mi opción preferida- a partir de contextos específicos (desde Garfinkel en adelante). Como dice Callon, no es que seamos o no calculadores, pero hay arreglos específicos donde se hace posible comparar cosas tal como se imagina la economía neoclásica otras donde no. Lo que al mismo tiempo saca el tema de la reciprocidad o la competencia de la naturaleza humana y lo sitúa en diferentes arreglos sociales y técnicos. ¿Qué opinas tú de esto? Y ¿Qué tan posible vez mayor comunicación entre sociología y economía en la discusión sobre los incentivos que sugieres?

  • jorgefabrega  On August 8, 2013 at 1:04 pm

    Gracias José por el comentario. Muy brevemente: Efectivamente esto es algo que desde la sociología no debería llamar la atención a nadie. Lo mismo pasa, por ejemplo, cuando algunos economistas dicen hoy entusiasmados que las instituciones importan… bueno, Durkheim nos habló de la importancia de las normas hace ya bastante tiempo.
    Yo creo, sin embargo, que la ventaja de la metodología económica (ventaja y limitación al mismo tiempo) es que permite hacer algo que justamente se torna difícil en sociología por lo que tu indicas: “lo que los diferencia es como entender el contexto”. Por eso, la pregunta es cómo se integra dentro de una perspectiva de los incentivos una consideración del contexto formado por otros individuos. Allí, me parece que Parsons ofrece un marco conceptual muy rígido, Bourdieu nos entrega una obra monumental pero que se enfrenta a un difícil problema de reproductibilidad/interpretación de los contenidos de la investigación. Pienso que Garkinkel a su modo, pero en especial Granovetter nos ofrecen un marco analítico más prometedor. Uno de interdependencia entre actor y contexto. Un acercamiento a los problemas de incentivos desde el mapeo de las interacciones permite explicar la emergencia de contextos, por ejemplo, los fenómenos de cascada, la formación de comunidades, los procesos de contagio, etcétera que condicionan y son condicionados por los actores que participan en ellos. De allí es posible formalizar (formalizar en el sentido de generar un conjunto de pasos que si otros investigadores los siguen podrán reproducir los resultados de la investigación y llegar a similares conclusiones) lo que se entiende por contexto de un modo en el que la acción individual motivada por incentivos no queda reducida al simplismo que muchas veces adquiere en el paradigma neoclásico.

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  • joseossandon  On August 10, 2013 at 1:11 pm

    Aprovechando que estará por estos días por SCL, creo que una nueva vuelta al asunto del “contexto” y la racionalidad están dando D. Stark con M. Prato acá: http://www.thesenseofdissonance.com/media/papers_Prato_and_Stark_attention_networks_Feb2013.pdf En dos palabras: ¿qué pasa si en vez de asumir el contexto como aquellas redes sociales que prexisten la acción económica, estudiamos aquellas que se forman con nuestros pares de mercado con los que no necesariamente nos conocemos o compartimos amigos en común pero tenemos “objetos” o bienes en común?. Algo así como la relación que tenemos con personas conque hemos leído las mismas cosas y conceptualmente un poco entre Granovetter-White y Callon.

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  • By Feliz 2014 | Estudios de la Economía on January 6, 2014 at 11:21 pm

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