Las sospechas del dinero. Moral y economía en la vida popular

Portada Sospechas del DineroAriel Wilkis escribe para contar de su nuevo libro, ¡felicitaciones!

Estimados amigos y colegas del blog: esta semana se publicó “Las sospechas del dinero. Moral y economía en la vida popular” (Paidos, 2013). Este libro recoge muchas de nuestras discusiones, debates e intercambios alrededor de los estudios sociales de la economía. Así que de una u otra manera están presentes. Quería compartir la novedad con todos ustedes. Abrazos.

Acá va un adelanto, previamente publicado en Revista Anfibia:

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La heladera ocupa un espacio donde se suele reunir la familia, en la parte externa de la casa. Mary la compró en cuotas a una señora que lleva al barrio artículos del hogar para su venta. Del detalle sobre las formas de pago, de las que me contó una tarde de noviembre de 2008, nuestra conversación derivó hacia aquello que en parte pone alimentos dentro de esa heladera: el dinero que recibe de sus hijos.

–Pato se hace el piola. A veces pienso que no va a madurar nunca.

– ¿Por qué?

–Lo vienen a buscar para jugar al pool y tomar unas cervezas. Es gente grande, yo prefiero eso antes de que ande por ahí drogándose, pero igual se gasta su dinero ahí. Un día lo voy a ir a buscar y va a ver. También gasta su dinero en ropa, invierte en sus zapatillas. Pero es lento para darme la plata.

–¿Qué dinero debería darle?

–La plata que me dan es para el ahorro. Yo sé lo que mis hijos ganan todas las semanas. ¿Ellos no entienden que todo esto, si a mí me pasa algo, va a ser de ellos? El otro día Pato me dijo: “Si yo ya pagué 20 pesos del cable…”. Pagué las cuotas de la heladera y, cuando se me rompió el televisor, pagué el arreglo y me quedé sin mis ahorros. Sí, puedo pedirle a Salcedo, él me da, pero no puedo pedirle siempre.

–Y cuando le dan, ¿cómo ahorra?

–La plata de los ahorros se la doy a mi hija, la que no vive acá, porque, si la tengo acá, me la gasto. Con la mercadería, me puedo guardar la tarjeta [por medio de la cual recibe la ayuda estatal], la plata de Salcedo, lo que ellos me dan. Hay meses mejores, cuando vendo mi medicina [en referencia a unas preparaciones que hace en base a lo que llamó “plantas medicinales”].

Al igual que la vida colectiva comunitaria, la familiar se descifra también a partir de las jerarquías monetarias.

El presupuesto del hogar de Mary se componía de piezas de dinero heterogéneas: militado, ganado, donado. Ella gestionaba las finanzas familiares, que se convertían en una arena de negociación de bienes económicos y estatus sociales. Esas piezas múltiples se debían organizar bajo el régimen de las opiniones y los sentimientos del dinero cuidado. Este acomodamiento resultaba de concesiones y negociaciones, de solidaridades y conflictos: en síntesis, de negociaciones que tienen lugar en la intimidad económica (Zelizer, 2009).

El dinero se mutualizaba (Weber, 2005) al mismo tiempo que se trazaba una frontera legítima de circulación desde los jóvenes hacia Mary. “Si están solteros y viviendo acá, tienen que darme la plata para su comida. ¿Quién cocina? Sebastián ya no me da, porque tiene su mujer y sus hijos”. La gestión de las finanzas y su responsabilidad descansaban en este aspecto doméstico del vínculo de Mary con sus hijos solteros, que vivían en la casa cuya comida ella organizaba. Mary sostenía el bienestar alimenticio de sus hijos a cambio de una transferencia de dinero. Pero, mientras ellos aportaban una fracción de sus ingresos, los de Mary se comprometían íntegramente en la organización familiar.

El equilibrio financiero del grupo dependía de cómo el dinero cuidado se imponía sobre las otras piezas. Una disciplina tan distante de un juego armónico como de una imposición autoritaria: ese poder se alcanzaba concediendo, tensionando y elaborando estrategias de cuidado, como el ahorro. La gestión financiera se desplegaba cada día como una micropolítica monetaria doméstica. El engranaje de tácticas y negociaciones se regulaba preservando la pieza que otorgaba unidad económica a la familia: el dinero cuidado.

El dinero ganado por los hijos comportaba las mayores fuentes de negociación y resistencia. Cuando no aparecía, Mary les reclamaba, como aquella vez que debió increparlos para que trabajaran un día de mucha lluvia:

–¡Toqué fondo! –les gritó, en guaraní.

Debían tomar conciencia sobre el dinero que debían ganar. Las finanzas del hogar estaban amenazadas. A partir de ese día, aportaron una suma fija de 50 pesos semanales.

El fracaso de este reclamo podía aumentar la subordinación financiera al jefe político de la red. Si Mary prefería no depender del régimen de opiniones y sentimientos del dinero militado, debía presionar a sus hijos según el régimen del dinero cuidado. Además, movilizar la fuerza de trabajo de sus hijos implicaba que asumieran sus obligaciones masculinas: “Mientras no tengan mujer, ellos deben darme el dinero a mí”.

La tensión crecía cuando eso no sucedía. Desde los pensamientos y los sentimientos del dinero cuidado, Mary juzgaba a su hijo menor como un inmaduro. La velocidad del dinero constituía un índice claro para esta evaluación: la rapidez con que Pato lo gastaba en sus salidas contrastaba con la lentitud que lo ponía en manos de ella. Esta diferencia temporal lo mostraba poco responsable. Ella debía mantenerse atenta, recordárselo e, incluso, presionarlo para que le transfiriera un porcentaje. Esta tensión asomaba cuando Pato le recordaba que ya había pagado 20 pesos del cable o, en otras ocasiones, cuando trataba de evitar que ella le reclamara una parte del dinero ganado por realizarle una changa a una vecina.

La micropolítica de gestión financiera incluía reconocimientos. Sus hijos hacían buenas “inversiones” cuando usaban el dinero ganado para comprar calzado o ropa.

Al llegar a las manos de Mary, el dinero ganado por sus hijos se transformaba en dinero cuidado bajo una forma monetaria muy precisa. Alexandre Roig (2009) invita a tomar en serio el papel que juega el ahorro en las clases populares. Lejos de quienes las consideran imposibilitadas para ahorrar, su trabajo explora esta práctica monetaria. Excluidos de las instituciones de mecanismos formales del ahorro en su cotidianeidad económica, la operación corriente para resguardar el dinero consiste en la separación: esa práctica integra el régimen de pensamientos y sentimientos del dinero cuidado. El ahorro constituye una práctica monetaria cuya forma deriva de la intensidad de esta pieza.

El dinero ganado por sus hijos se convertía en ahorro al ser separado y guardado en la casa de su hija. Servía para financiar gastos imprevistos, como el arreglo o la compra de un electrodoméstico. Frente a las prerrogativas de usos del dinero de los hijos varones, la práctica del ahorro requería que Mary tejiera una complicidad con su hija mujer.

El resto de los ingresos (monetarios y no monetarios) se destinaban a los gastos cotidianos. El dinero cuidado por medio del ahorro permitía objetivar (y cuantificar) el compromiso y la obligación de los hijos varones en las finanzas domésticas. Representaba, en última instancia, el indicador cuantitativo del poder del dinero cuidado sobre el resto de las piezas que ingresaban al hogar de Mary.

La familia unida (por el dinero)

A diferencia de otras ocasiones, una tarde de septiembre de 2008, Sebastián se encuentra en la casa de Mary. Lleva varios días sin trabajo, porque el frigorífico está parado.

–Se te ve más gordo…

–Sí, se está comiendo todo –interviene Mary.

Hacemos algunas bromas, pero advierto que ellos el tema no les hace ninguna gracia. Su gordura señala que no tiene trabajo:

–Cuando trabajo, bajo enseguida –dice Sebastián.

Mary asiente.

El muchacho nos deja para averiguar sobre una changa, desarmar la carpa de un circo cerca del barrio. Cuando regresa, saca cuentas: pagan 5 pesos la hora, trabajará entre doce y catorce horas durante tres días, cobrará unos 200 pesos. Le parece muy buen sueldo, al punto que tratará de convencer a su hermano Pato. A Mary la enorgullece esa actitud del hijo:

–A Sebastián no le da asco nada, trabaja de lo que sea.

La cuestión referida al cuerpo físico volvió a nuestras conversaciones: no del cuerpo enfermo de Mary, sino el exceso de kilos de su hijo mayor. Quise entrar en confianza con él:

–Te tenés que cuidar con las comidas, y con las bebidas…

Sus hermanos menores se rieron: mis consejos no les parecieron muy atinados, porque Sebastián no seguiría una dieta ni suspendería el consumo de alcohol. Los kilos de más que se reflejaban en su abdomen y en su cara constituían signos que su familia interpretaba muy bien. Él engordaba cuando dejaba de trabajar y las risas encerraban ese drama familiar que asomaba bajo una forma monetaria.

Mi recomendación infructuosa derivó en un monólogo de Mary, prolongado y denso, en el que se anudaban la economía y la intimidad familiar:

–Sebastián se toma todo. Sale un viernes con 200 pesos y no regresa hasta el lunes, borracho y sin una moneda. Si hubiera cuidado la plata, no estaría así. Yo le decía que cuidase la plata, que ahorrase, en una época, cuando ganaba muy bien y vivía acá con su mujer y sus hijos. Pero, por estas escapadas, la mujer le dijo que no volviera más. Y tiene razón. Él me dice que yo me pongo del lado de ella, pero no es eso, sino que no voy a consentir lo que él está haciendo.

Desde Las formas elementales de la vida religiosa, de Émile Durkheim (1982), sabemos que el grupo se apropia del cuerpo del individuo para imponerle los signos de pertenencia colectiva. El cuerpo de Sebastián encarnaba la tensión con los valores morales familiares: el exceso de kilos representaba la falta de ingresos para responder a sus responsabilidades con sus hijos y su mujer, simbolizaba la ausencia de dinero ganado que permitiese reparar la falta de dinero cuidado.

Para Mary, era simple y doloroso: cuando Sebastián tuvo dinero, no lo había cuidado: “No ahorró”. Esto habría significado poseer recursos para la manutención de sus hijos y preservar la unidad familiar. La conversión infructuosa de una pieza de dinero en otra había alejado a Sebastián de sus hijos y de su mujer; ahora, debía remontar esta situación. Su cuerpo actuaba como un indicador viviente de su distancia frente al dinero ganado y su conversión en cuidado.

Cuando Mary se alineaba con la mujer de Sebastián, que le pedía que abandonase el hogar, él sentía que su madre lo traicionaba. Sin embargo, ella también consideraba legítimo ayudarlo con dinero prestado. “Me dan lástima los chicos”, se justificaba, en referencia a sus nietos. Esta pieza circulaba para reparar la salida de Sebastián del régimen de las opiniones y los sentimientos del dinero cuidado: con esa ayuda, Mary reafirmaba su posición como cuidadora del núcleo familiar y, con su valor monetario, comprometía el moral: ella cuidaba a sus nietos y ayudaba a su hijo.

Mary exigía a sus hijos menores que salieran a trabajar cuando ella tocaba fondo. Mary le hacía préstamos a Sebastián. Ambos actos formaban parte de una misma socialización económica: el dinero prestado al hijo mayor intentaba reparar el honor masculino sustentado en el deber de sostener a su familia, y los hijos menores debían darle el dinero a ella como mujer en preparación para cuando debieran poner en juego su propia honorabilidad masculina reconocida como legítima.

Claudia Fonseca (2000) llama la atención acerca de las situaciones que se analizan a la luz de la categoría “mujer jefa de familia”, que, en realidad, se extienden a diferentes núcleos sociales, sobre todo, entre las clases populares. Su trabajo analiza la complejidad de las estructuras familiares “matrifocales” al reconstruir la preponderancia e intensidad que adquieren los lazos consanguíneos (entre madre, hijos e hijas, hermanos y hermanas), frente a la menor intensidad de los conyugales.

La inestabilidad de estos grupos familiares –por reacomodamiento del número de integrantes que conviven o por las separaciones– ubica en el centro de las relaciones a la mujer que cumple el papel de madre. Descartando sus connotaciones demográficas, podríamos recuperar el término “mujer jefa de familia”, pero si enfrentamos nuevos problemas concernientes a la distribución de poder entre hombres y mujeres en el ámbito doméstico, ¿los hombres están realmente ausentes en las unidades clasificadas como madre-hijos? ¿La madre ejerce realmente un liderazgo sobre los hijos adultos? (Fonseca, 2000).

La exploración de las piezas de dinero heterogéneas (sus jerarquías, sus conversiones, sus negociaciones) nos lleva a conectar la solidaridad y el conflicto en la vida familiar de Mary. Nos ayuda a comprender la dependencia con los varones que no pertenecen a su hogar –como el líder político– y con respecto a sus hijos varones, al tiempo que teje alianzas con su hija mujer.

Se ha escrito ya sobre cómo las mujeres responsables de los hogares pierden el control del dinero. Lo vemos en la micropolítica monetaria en la familia de Mary, que muestra una dinámica intensa de negociación, concesión y elusión de controles, al tiempo que un compromiso desigual en la reproducción del orden familiar.

La unidad contradictoria de los lazos familiares que vinculaban a Mary con sus hijos se vuelve perceptible en el análisis monetario. Las circulaciones de piezas diferentes definían el estatus de cada uno de los miembros de la familia, incluso de aquellos que no cohabitaban en el mismo hogar. Al mismo tiempo que el dinero circulaba mutualizándose, también marcaba las responsabilidades desiguales por género. En otros contextos, se encuentra la misma evidencia (Guerrin, 2000; Absi, 2007): las mujeres en condiciones de vulnerabilidad comprometen el dinero que llega a sus manos en la reproducción familiar, asumiendo lo que Michelle Perrot denominaba un “matriarcado presupuestario”.

Para Mary, la relación con el dinero se definía por su papel de madre cuidadora del hogar que debía mantener a sus hijos. Todo ingreso proveniente de sus actividades se mutualizaba: ella gestionaba sus ganancias según las opiniones y los sentimientos del dinero cuidado.

En cambio, sus hijos podían utilizar el dinero ganado para comprarse calzado y consumir alcohol o destinarlo a otras actividades. Cuando el hijo mayor gastaba todo de ese modo, su madre lo ayudaba con dinero prestado.

La unidad contradictoria se forma por un ingreso totalmente comprometido con la sobrevivencia económica del hogar (el dinero de Mary) y un dinero de entrada parcial (el de sus hijos). Mientras que el primero afianzaba la figura de la mujer sostenedora de la familia, el segundo se empleaba en consumos de sociabilidad masculina (alcohol, juego, salidas nocturnas). El dinero ganado se convertía en cuidado tras resistencias y negociaciones. Esta conversión, en última instancia, servía para inculcarles a sus hijos las responsabilidades masculinas, como varones proveedores de la mujer y la familia.

Reproducción fallida

Mucho se ha escrito sobre el protagonismo económico de las mujeres al desplegar estrategias de supervivencia familiar en contextos de pobreza; también, se ha reconstruido su protagonismo político en contextos de fuerte movilización y conflictividad social. La sociología moral del dinero puede explorar los valores (monetarios, morales y de género) que conectan estos procesos.

Entre los recursos monetarios que Mary evaluaba en el presupuesto del hogar, se encontraba el dinero militado. El enlace entre piezas de dinero permite indagar sobre la continuidad entre el mundo doméstico y el de la política; adicionalmente, para Mary, la conversión del dinero militado en dinero cuidado se producía bajo la afinidad de sus obligaciones de género dentro del grupo político y su familia.

El reconocimiento de sus virtudes políticas descansaba en las actividades que Mary desarrollaba en la red, asociadas a su condición de mujer. Eso le permitía que el dinero que circulaba como sueldo político alimentase su esperanza sobre el bienestar de sus hijos; así se afianzaba en ellos –y en ella misma– su papel de madre que garantizaba el cuidado financiero de la economía hogareña. Por eso, entre las promesas incumplidas de Salcedo, la angustiaban más aquellas que ponían en cuestión esta posición. La misma razón hacía que su espera política fuera regulada según las expectativas de la reproducción familiar.

Decía Marx: “Los hombres hacen la historia en circunstancias que no eligen”. Podríamos acomodar esta frase: las personas lidian con las diferentes piezas de dinero en contextos que no manejan plenamente. En la relación de Mary con sus hijos, la conversión del dinero militado en cuidado no producía una alteración del orden social familiar con sus estatus de género; por el contrario, permitía reproducirlo. Pero no todas las familias se hallaban en la misma posición; para muchas, esta reproducción resultaba fallida.

Conocí a Ricardo, un hombre de cincuenta años, en mi primera visita a Villa Olimpia. Se había retirado de la Gendarmería, había sido propietario de un taller mecánico. Llevaba tres años mudado en las nuevas viviendas. Además de Paula, su segunda mujer, en su casa vivía su hijo menor, Pepe, de diecinueve años. El mayor, de veintiuno, vivía con su pareja y su hija en la casa de su suegra, también en el barrio.

Me retiré antes de que terminara un almuerzo en la casa de Ricardo, porque me habían invitado a viajar con la gente del barrio a un acto de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. A pocos kilómetros, se inauguraba una red cloacal y el acto se inscribía en el conflicto con el campo que marcaba la agenda del gobierno. Para los dirigentes de Villa Olimpia, era un momento clave que les permitiría mostrarse junto a la presidenta.

Mientras almorzábamos, el ruido de los bombos se mezclaba con nuestras palabras: había comenzado la convocatoria. A medida que se acercaba el momento de la salida, se los escuchaba cada vez más fuerte. Con esa banda sonora de fondo, Ricardo reflexionaba sobre su vínculo con los actos políticos:

–Yo no participo, solo cuando son movilizaciones por el barrio, cosas importantes.

Abundó en detalles durante todo el almuerzo, que solidificaron esa visión. Pero, cuando me disculpé por no quedarme a terminar el almuerzo porque había llegado la hora de que me dirigiera a los micros, Ricardo agarró su campera y me dijo:

–Te acompaño.

Durante el viaje que hicimos juntos hasta que nos separamos en la concentración, no dejé de preguntarme qué hacía Ricardo allí. ¿Me había engañado sobre sus posturas con respecto a los actos? A simple vista, esa movilización no parecía de las “importantes”, según la clasificación que él había empleado.

Acaso mi interés lo había llevado a interpretar que esa marcha sí podía ser importante y, por lo tanto, entraba en la categoría de los actos a los que él sí asistía. Sin embargo, meses después, Ricardo me comentaría otra cosa. También había participado junto al grupo de Salcedo en actos convocados por el gobierno. Al comprender que me llamaba la atención lo que escuchaba, dio un nuevo giro a su relato: “¿Sabés lo que pasa? Yo fui por las mismas inquietudes que vos”.

Pensé, entonces, que la posición estructuralmente ambigua de Ricardo ante los actos y las movilizaciones ponía en escena el estado de los vínculos políticos dentro del barrio.

Todo el tiempo, Ricardo intentaba distanciarse de los políticos y del modo en que empleaban recursos como el dinero. Su performance discursiva se mantuvo constante frente a mí: no ir a actos políticos, criticar al grupo de Salcedo por su falta de compromiso con el barrio, mostrar las casas sin terminar o mal construidas, denunciar acuerdos irregulares para construir viviendas.

Pero, si bien Ricardo mostraba esta distancia en sus palabras, en los hechos, no dejaba de cumplir el imperativo de mostrarse y participar en casi todas las actividades políticas a las que lo invitaban.

Esta ambigüedad estructural encontraba un punto de apoyo muy interesante en la manera en que Ricardo y uno de sus hijos trataban de ubicarse respecto al dinero que circulaba desde la red política. Su hijo menor, Pepe, músico en la murga del barrio, nos acompañó durante una de nuestras conversaciones en agosto de 2008. Me comentó que les habían prometido 150 pesos para cada uno de los integrantes de la murga.

–Pero no cumplieron. Y encima les dieron el trabajo a otros.

Él pensaba que tenía más derecho: había ido a todas las movilizaciones. Se había mostrado.

–Pepe está realmente ofuscado con Salcedo –intervino Ricardo–. Dice que lo va a encarar esta noche porque espera que finalmente le dé un trabajo en la construcción de las viviendas, como había acordado para los pibes de la murga.

Por primera vez, Ricardo dejaba de asimilar su curiosidad a la mía como justificación para ir a los actos y movilizaciones. Para confirmarle a Pepe que se había equivocado al confiar en Salcedo, Ricardo le enumeró sus propios y constantes pedidos de trabajo.

–Nunca había conseguido nada –decía, y lo atribuía a su pertenencia al grupo religioso.

Pepe señala el domicilio de Salcedo:

–De esa casa, salen las líneas de todos lados. Se hace el piola con los pibes de la murga. Todos tienen familia y quieren ganar su plata, no quieren la plata de arriba. Tenés que estar tocando seguido, dándole y dándole.

–Si ves que ahí no funciona, tenés que hacerte a un costado y buscar por otro lado –le aconseja Ricardo.

–Pero, si me abro, el chabón se olvida de mí.

Ricardo se dirige a mí:

–Yo le dije que este año empiece la [escuela] técnica, así aprovecha y estudia, y consigue entrar en una pasantía.

A Pepe le costaba representarse la idea de conseguir un trabajo que le diera dinero sin tomar en cuenta a la red política en Villa Olimpia. Con sus palabras, Ricardo intentaba inculcarle un punto de vista que reemplazase esa noción por otra más legítima: retomar el colegio y tratar de obtener ingresos mediante una pasantía.

Si Mary percibía el dinero militado como parte de una estrategia de reproducción social y simbólica (pese a las tensiones internas, ninguno de los miembros de su familia consideraba que esta pieza transportara jerarquías sociales desvalorizadas), Ricardo pretendía que su hijo varón siguiera sus pasos como jefe de familia. Que retomara los estudios para dedicarse a una actividad laboral asociada al trabajo técnico, como había hecho él antes. Que buscara otro dinero, no el militado. Esta era la enseñanza que le transmitía a Pepe.

¿Cómo escindir los esfuerzos por inculcar determinados valores morales de la diferenciación de las piezas de dinero? El cuidado del orden familiar –sus valores y su estatus– es indisociable de las jerarquías entre piezas de dinero. Ricardo experimentaba esta realidad de manera muy dramática: con sus palabras, le transmitía a su hijo una jerarquía monetaria que, en los hechos, no podía sostener. La situación se volvía más dolorosa, porque de esta jerarquía dependía su figura masculina como jefe de familia.

Ricardo se encontraba desempleado. Cargaba con una fuerte depresión por la intermitencia con la que conseguía pequeñas changas que le permitían resolver alguna situación. Aprovechaba su registro de portación de armas y su experiencia de ex gendarme para acompañar como custodio a un comerciante, quien le pagaba en dinero y con créditos en su almacén. También atendía una pequeña librería que había abierto en la nueva casa donde vivían, pero las ventas eran exiguas. En definitiva, el mayor aporte de dinero a la economía del hogar provenía de su mujer.

Los tiempos en los que había trabajado en su propio taller mecánico eran ya parte del pasado. Los recuerdos se mantenían fuertes, sin embargo. A ellos se remitía para hablarle a Pepe sobre su futuro y lo que le convenía hacer.

Sin embargo, Ricardo se enfrentaba con una dura realidad: sin darse cuenta, él legitimaba como nadie el dinero militado frente a su hijo.

Las palabras que le dedicaba para convencerlo de que volviera a la escuela chocaban con la ansiedad y las expectativas de Pepe; sobre todo, con su sentimiento de defraudación por haberse mostrado y no haber obtenido respuesta alguna de Salcedo. La contradicción se agudizaba cuando Ricardo explicaba –Pepe lo había escuchado muchas veces– que no lo tomaban en cuenta porque pertenecía a la parroquia. Los ajenos al grupo religioso, que en cierta medida competía con la red política, contaban con más posibilidades de acceder a los recursos. Este era el caso de Pepe, para quien “todas las líneas” salían de la casa de Salcedo. Su convicción encontraba como aliado, negado pero objetivo, a su padre, quien también trataba de llegar –infructuosamente– al dirigente.

Pepe no dejó de asistir a las movilizaciones junto a la murga. Ricardo reconoció su expectativa:

–Ahora vamos a ver qué pasa.

Finalmente, Pepe consiguió un puesto de trabajo a través de Salcedo.

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