Mariana Heredia responde a las reseñas de A quoi sert un économiste

M. Heredia Cover[La categoría “debate” es una sección dedicada a discutir a partir de libros publicados por los contribuidores de Estudios de la Economía. En este post Mariana Heredia responde el debate iniciado por Antoine Maillet y Gustavo Onto sobre el libro A quoi sert un économiste. Enquête sur les nouvelles technologies de gouvernement (La Découverte 2014)]

A veces el profesionalismo parece alentar cierta cacofonía: cada uno dice lo suyo, se multiplican los sistemas formales de evaluación y al mismo tiempo languidecen las pasiones y escasean los diálogos. Me gustaría empezar agradeciendo a José por remar contra-corriente, asignando un espacio al comentario de nuestros libros. Esta iniciativa se suma a otras, pensadas para valorizar nuestro trabajo, no desde un espíritu publicitario o corporativo, sino desde la convicción de que es posible alentar críticas constructivas y nutrir la reflexión conjunta. Gracias también muy especialmente a Antoine Maillet y Gustavo Onto por el esfuerzo de leer detenidamente el libro, resaltar sus fortalezas y apuntar sus debilidades. Para aprovechar mejor este espacio, me limito a agradecer la presentación de los contenidos y la mención de sus aciertos para concentrarme en las objeciones planteadas.

I.

Uno de los comentarios compartidos por Antoine y Gustavo refiere al público al que está destinado el libro. Se intuye que la obra es demasiado general para especialistas y muy esotérica para el público lego. Frente a esta inquietud, una nota cultural y algunas pruebas. Antes de que fuera publicado, una amiga leyó la versión final del manuscrito y concluyó que se trataba de un libro “típicamente francés”. Para mí, su comentario fue un halago. Para quienes no estén familiarizados con la vida cultural y editorial francesa, vale la pena decir que no existen, en el hexágono, fronteras precisas e infranqueables entre el debate público y la producción académica. La Découverte forma parte de las editoriales que sirven de puente entre los análisis de las humanidades y las ciencias sociales y los intereses de un público culto aunque no necesariamente universitario[1]. Afortunadamente, lo sucedido en los últimos meses con A quoi sert un économiste parece confirmar que encontró su público y que el mismo es llamativamente diverso. Publicado a fines de febrero de este año, el libro ya recibió (además de las aquí mencionadas) tres reseñas en espacios académicos de primer nivel[2] y fue comentado largamente por varios medios periodísticos francófonos, entre ellos, para marcar simplemente dos extremos del vasto arco político francés, el diario Le Monde y la revista anarco-ecologista La Décroissance.[3]

Aunque me alegre el público alcanzado por el libro, esta apuesta tiene sus costos: uno de ellos es que, con frecuencia, la portada y el título se definen después de que el manuscrito está terminado, escapando al control del autor para adaptarse a ciertos imperativos del mercado editorial. Así, el cerdito rosado, fuente de espanto cuando lo descubrí inexorablemente estampado en la portada de mi libro, me enseñó que podía contribuir a conjurar los temores y acartonamientos que despierta, en los potenciales lectores, la mención a los economistas. Otro de los costos es que, para evitar aburrir a lectores poco interesados en estas cuestiones, las decisiones teóricas y epistemológicas adoptadas por el autor no pueden ser desarrolladas en profundidad. Este espacio me permite, de algún modo, subsanar esta falta.

II.

Me gustaría entonces concentrarme aquí en algunos aspectos de la “fabricación” del libro y en particular en tres puntos fundamentales de su contenido mencionados en las reseñas: la ambición de síntesis (que supone la fortaleza de marcar una agenda y la debilidad de ofrecer un planteo muy general); la voluntad de generalización y la administración de la prueba y, finalmente, la tesis fundamental del texto (que está directamente alineada con el título): la relación del ascenso de los economistas con las formas contemporáneas de ejercicio del poder.

En la medida en que enlaza los tres puntos, permítanme detenerme un momento sobre la historia del libro. En 2007, terminé mi tesis en la EHESS sobre la relación entre los economistas, la inflación y las reformas de mercado en la Argentina del último cuarto del siglo XX[4]. Uno de los miembros del jurado (Luc Boltanski) juzgó que se trataba de un aporte que merecía ser publicado en Francia. Me puso entonces en contacto con el editor de La Découverte quien me advirtió que un libro sobre Argentina o América Latina despertaría mucho menos interés que si hacía el esfuerzo por generalizar ciertas conclusiones. A eso me dediqué durante tres años multiplicando las lecturas, los intercambios con colegas, el análisis de los registros mediáticos sobre el tema. La coyuntura histórica jugo a mi favor: la crisis de fines de los años 2000 reiteró en la Comunidad Europea muchas circunstancias semejantes a las experimentadas décadas atrás en otras regiones. En el Norte, como antes en el Sur y en el Este, los economistas reforzaban su singular protagonismo y eso coincidía con la reescritura de mi tesis en este libro.

Así, en primer lugar, A quoi sert un économiste devino una síntesis de lecturas y experiencias de investigación diversas más que el resultado de un trabajo de campo individual sobre un caso nacional específico. En tanto síntesis, su ambición era tanto contener los aportes más importantes sobre el tema escritos en cuatro idiomas (español, portugués, inglés y francés) como articular distintas disciplinas sociales, en particular a la economía, la ciencia política, la historia y la sociología. Pero el libro buscaba no sólo hacer dialogar a gente que, trabajando en “oficinas” contiguas, se apañaba en la especialización disciplinaria para eludir las objeciones de sus vecinos; se embarcaba además, en palabras de Gustavo, en un “esfuerzo de condensación y organización”. Querría aquí subrayar este esfuerzo que, como toda genuina tarea de ordenamiento, no se limitó a yuxtaponer elementos (en este caso resúmenes de lo disponible) sino que intentó alinearlos teóricamente al explicitar sus interrogantes, las pruebas que movilizan, las insuficiencias de las que adolecen. En este sentido, me reconforta que se asocie al libro a la exposición de una “agenda de investigación” siempre y cuando se entienda que la confección de la misma no es una tarea escolar y administrativa de agrupación de lo existente sino la explicitación de los fundamentos epistemológicos que orientan nuestras preguntas y conducen nuestras indagaciones.

En segundo lugar y directamente vinculado con lo anterior, un libro que se despega del análisis de un caso geográfica o institucionalmente delimitado se enfrenta a la cuestión del recorte, la generalización y la administración de la prueba. En este segundo aspecto, se inscribe creo el reclamo de Antoine de “conocer más a los economistas reales” o su calificación de “frustrante tratamiento de casos específicos”. Intuyo que la preocupación de Gustavo sobre la dificultad de conocer qué es un economista va en un mismo sentido.

Para los primeros tres capítulos del libro, el recorte geográfico no resultó problemático pero sí lo fue la demarcación analítica. Sea cual fuere la definición de economista, todas ellas coinciden en que tratan un objeto que ha adquirido dimensión planetaria. La dificultad se cifró, en cambio, en proponer una definición de este grupo. Digamos entonces, en clave goffmaniana, que el libro comienza por recordarnos que, en cierto modo, los economistas “reales” no existen o más bien que no existen de manera “unidimensional” y ajena al marco en que se los ubique. No sólo el momento histórico en que se los analice sino el modo en que se los califique (como profesionales, ideólogos o técnicos) recorta distintas realidades (y personajes) y, como demuestra el libro, cada una de ellas goza de verosimilitud y coherencia interna. En este sentido, la ambigüedad que Antoine atribuye a esta primera sección se explica probablemente porque no se explicitó allí lo suficiente el hecho de que se trataba de tres formas de delimitar a los economistas; formas que recorren tanto los debates públicos como los análisis académicos.

Pero este planteo de los distintos enmarcados no exime al autor de tomar posición. En este sentido, tal vez la noción de real del reclamo de Antoine remita a la incorporación y el análisis personas específicas (Domingo Cavallo o Egor Gaidar para citar solo dos nombres propios). Contrariando esta expectativa, la propuesta del libro es precisamente subrayar que el ascenso de los economistas no puede limitarse al fenómeno de los technopols o de los intelectuales públicos del neoliberalismo. Si interesa destacar los distintos roles de los economistas, es para enfatizar que las estrellas rutilantes de la disciplina asentaron sus diagnósticos, sus recomendaciones y sus políticas en las acciones de un sinnúmero de expertos y profesionales anónimos que ocuparon distintos espacios y cumplieron distintos roles en la vida social.

Ahora bien, respondiendo a la inquietud de Gustavo y retomando la propuesta expansiva de Callon de tomar a los “economistas in the wild”, coincido plenamente en que ciertas formas de razonamiento económico se han democratizado y al mismo tiempo se han inscripto en innumerables dispositivos que estructuran nuestra existencia. Dicho de otro modo, comparto los recaudos de no reducir ni confundir a los agentes economizadores con los economistas. Dicho esto, creo junto a Federico Neiburg[5], que muchos análisis de Callon y de sus discípulos adolecen de un marcado desinterés por la historia de mediano plazo así como por ciertas decisiones centralizadas (estatales o empresarias) que han contribuido a alentar o sancionar ciertas modalidades (luego) difuminadas de cálculo. En suma, es cierto que el razonamiento económico se ha autonomizado de los economistas y anima a una gran diversidad de personas y actividades (no solo las referidas a los sectores comerciales, productivos y financieros que asociaríamos a la economía). Nada quita que, como detalla el libro, los economistas estuvieron en el origen y en el corazón de estos procesos en la medida en que su legitimidad y sus conocimientos fueron movilizados una y otra vez para respaldar simbólica y técnicamente las iniciativas de otros promotores y aliados.

Las decisiones de recorte se vinculan también con un comentario de Gustavo que lamenta que no exista en el libro un tratamiento más detallado de las disputas intelectuales de los economistas y que critica un efecto de cohesión al que intuye no suscribo. Primero, existen ya varios libros donde los economistas reflexionan sobre sus cambios recientes y su utilidad social[6]. Mi libro, escrito por una socióloga y anclado en preocupaciones de la sociología más clásica (la integración en el orden capitalista, las desigualdades sociales, la dominación), menciona los aportes de muchos de estos profesionales, pero intenta avanzar en la articulación de dos conclusiones que rara vez conviven en un mismo análisis. La primera es que los economistas han estado atravesados por disputas ideológicas y profesionales intensas en distintos espacios académicos nacionales e internacionales. La segunda es que en los últimos años se ha producido a la vez una unificación teórico-ideológica y una pluralización de las temáticas tratadas y de las actividades ejercidas por los economistas. En la medida en que el libro menciona explícitamente las disputas ideológicas (en el capítulo 1) y profesionales (en el 3) que signaron la historia reciente de los economistas, no supone ni da a entender ninguna cohesión. Más bien lo que hace es demostrar su progresiva (y probablemente transitoria) consolidación a partir del estudio de procesos históricos concretos. Así, en la medida en que mi propuesta no promete en ningún momento una historia sobre el pensamiento económico habría que explicitar por qué se le reprocha que no la incluya. Sobre todo porque, siguiendo la línea abierta por Callon, el libro toma distancia de la historia intelectual de los economistas en la medida en que parte del convencimiento de que el aporte de las ideas no cristaliza únicamente en las grandes piezas eruditas y sus controversias sino que, tal como reclama Gustavo en otra parte al aludir a las “posibilidades de los conocimientos económicos”, el interés se focaliza en el modo en que las ideas se desplazan, se traducen, se traicionan, se incorporan a las acciones de los especialistas y profanos en distintos espacios y escalas.

III.

Antes de concluir la cuestión del enmarcado, me gustaría detenerme en la cuestión geográfica que me obsesionó durante la escritura del libro. Se sabe, para los investigadores del Norte, la generalización no suele plantear grandes problemas: Occidente no es un caso, lo que se analiza para Estados Unidos, Francia, Alemania es frecuentemente instituido en saber de validez universal. Este etnocentrismo inconsciente no le está permitido a una latinoamericana. Aspirar a cierta generalización territorial era un problema evidente y de difícil solución. Por un lado, yo no podía replicar mi investigación en profundidad sobre la Argentina en otros países. Por el otro, emplear los análisis disponibles resolvía en parte el problema aunque no necesariamente agotaba todas las dimensiones que me interesaba tratar. La decisión fue incorporar aquellos materiales que ilustraban en distintas partes del mundo los procesos analizados, presentar las regularidades identificadas por la literatura comparativa pero a la vez incorporar con cuidado las alertas sobre la pluralidad de caminos y de resultados que acompañaron el ascenso de los economistas y la expansión del neoliberalismo. Así, contradiciendo en cierta medida la frustración de Antoine, el libro moviliza materiales empíricos de Rusia, Brasil, Egipto, China, Australia, Grecia, Japón, Chile, Estados Unidos y, entre muchos otros, también de Argentina. Lo novedoso tal vez es que lo hace desde una lógica que se parece menos a la del estadístico que a la del detective: este libro no se asienta en el relevamiento y la comparación sistemática de ciertas variables en distintas geografías del planeta, se concentra más bien en la identificación de las pistas que fueron dejando los actores con el objetivo de construir un relato coherente y relativamente general. Le tocará a otros investigadores corroborar o refutar con sus pruebas aquello que el libro intenta aseverar.

Pero estas aclaraciones procedimentales no agotan la problemática territorial del libro que se volvió particularmente acuciante en la segunda parte, donde se requería poner a los economistas en situación. Inicialmente, la pretensión era contraponer lo sucedido en los países del Norte y los países del Sur y del Este. Como insistía gran parte de la bibliografía, con la excepción de los países anglosajones, el neoliberalismo parecía haber sido más gradual y moderado en las democracias consolidadas del Norte y más drástico y profundo en las nóveles democracias del Sur y del Este. El análisis en profundidad de distintas experiencias me disuadió de anclar estos contrastes en unidades nacionales específicas. No me pareció correcto atribuir a toda Francia el progreso del neoliberalismo como un avance en las libertades individuales, el ascenso de una diversidad de expertos, un nuevo sistema regulatorio con fuerte raigambre en el derecho y el control estatal. Si bien los primeros y segundos apartados del capítulo 5 pueden leerse como una contraposición entre las democracias fuertes y las débiles, lo allí expuesto tiene referentes sociales y territoriales que no se corresponden ya con el Estado nacional. Tanto en Alemania como en Rusia o en Argentina, las libertades y derechos económicos se reforzaron en ciertos grupos sociales y ciertas regiones, mientras la desprotección y el capitalismo salvaje avanzaba sobre otros.

IV.

Y llegamos finalmente al arco de interlocución y al principal aporte del libro. Dos constataciones acompañaron mi lectura de la literatura existente antes de A quoi sert un économiste. Una, que a partir de la década de los años setenta, el ascenso de los economistas era indiscernible del análisis de la dominación. Otra, que los aportes realizados sobre esta relación me resultaban insuficientes o insatisfactorios. Gran parte de los estudios más interesantes sobre los economistas desmerecen la cuestión (la escuela de Callon). Muchos otros, comenzaban por señalar que la creciente importancia de los economistas se correspondía con la promoción y adopción de reformas de mercado sin profundizar en el tema más allá de la cuestión macro-económica y macro-política (los análisis sobre los technopols, entre otros). De hecho, la mayoría se contentaba con establecer una oposición de principio entre economistas y democracia. El título del libro de Shapir Les économistes contra le démocracie pero también los influyentes análisis del último Bourdieu son ilustrativos de la tesitura dominante. En suma, como Antoine, yo también constataba cierta desarticulación entre los análisis sobre el rol de los economistas en los procesos políticos y el estado de la democracia contemporánea. También como Gustavo, me preocupaba que sociólogos y politólogos solo se concentraran en los efectos perversos producidos por la intervención de estos expertos.

Ahora bien proyectar estos reproches a A quoi sert un économiste me resulta injusto: si ésta era la crítica, las reseñas deberían haber analizado con mayor detalle las últimas 120 páginas de la obra, apenas mencionadas. Es, en efecto, la segunda parte del libro la que intenta resolver la paradoja establecida entre el ascenso de los economistas y la expansión de ciertas instituciones democráticas. Lo hace de un modo distinto a lo existente hasta entonces en la literatura disponible: inscribe a las democracias en un largo y complejo linaje de “regímenes de representación” donde ciencia, técnica y política establecen distintas relaciones entre sí.

Para que quienes lean esto antes o en lugar del libro, puedan comprender y evaluar mis argumentos, permítanme sintetizarlos rápidamente. El capítulo 4 ubica a los economistas en la situación crítica conocida por varios países desde mediados de los años setenta, situación que se tornó una oportunidad para enmarcar los grandes problemas públicos como problemas económicos, adjudicando a los expertos en esta materia la misión de conjurar la incertidumbre y restablecer el orden. Este capítulo muestra, sobre la base de diversos casos nacionales, cómo el Estado interventor fue designado como el gran culpable y la ciencia económica apareció como una solución global ante la denigración de las “particularidades” nacionales. El capítulo 5 tiene tres apartados que desgranan tres dimensiones de un mismo proceso histórico signado por el ascenso de los economistas: la creciente separación de las dimensiones económicas, sociales y políticas otrora agrupadas bajo la égida del Estado nación y el progresivo acercamiento entre ciencia y política a escala global. Este último capítulo intenta entonces describir (aunque lamentablemente Gustavo no lo haya entendido de esta manera) que los economistas participaron (activa y productivamente) de las tres dimensiones fundamentales del ordenamiento de las sociedades: la representación simbólica que hacen de sí mismas, el reclutamiento a sus elites dirigentes y la organización material de sus intercambios.

En suma, si bien el título fue definido cuando el manuscrito ya estaba cerrado condensa a la vez la tesis más fuerte del libro y su singularidad en relación a otros estudios sobre el tema. Lejos de la idea de un complot o de una antinomia entre economistas y una democracia vaga e idealmente definida, la línea directriz de la obra es que, a partir de los años 1970, se produjo una progresiva consolidación y unificación de los economistas que sirvió a establecer, en términos simbólicos y materiales, un nuevo orden a escala global. Combinando análisis hasta entonces desarrollados en espacios estancos, el libro demuestra que los economistas fueron útiles de distintas maneras. En primer lugar, en la medida en que podemos hablar hoy de economista en singular, allí donde antes hubiéramos empleado el plural, esta figura sirvió a atribuir toda la autoridad de una disciplina a su corriente principal. En un mundo en el cual la ciencia ha conquistado semejante legitimidad, el acuerdo entre los especialistas deja a los profanos desarmados ante la fuerza de “la” razón. En segundo lugar, munidos de esta autoridad, los economistas participaron, en el espacio público, de la producción de un discurso sobre lo social que asimilaba la sociedad a un mercado y el mercado a una realidad planetaria. En tercer lugar, los economistas no se limitaron a justificar las virtudes del orden mercantil. Como Penélope, estos profesionales tejieron de día lo que destejían de noche. Más allá de ciertos procesos salvajes y transitorios de liberalización de las actividades económicas, en la mayor parte de los casos la creación y la estabilización de los mercados requirió el enmarcado de bienes y servicios y el equipamiento de consumidores y empresarios. Los economistas sirvieron de este modo a la construcción de un mundo (tanto a nivel micro como macroeconómico) fundado en la utopía de una coordinación pacífica y virtuosa de las libertades individuales. De esta manera, aunque no surjan de la deliberación pública ni de la decisión de un dirigente electo, los dispositivos producidos y gestionados por los economistas comenzaron a estructurar materialmente crecientes dimensiones de nuestra existencia. Como síntesis, la cuarta función del economista enlaza a todas las anteriores. A través de este proceso de expansión de los mercados, que privatiza beneficios y diluye responsables, los economistas contribuyen al reforzamiento de la dominación y al disciplinamiento por exclusión de los miembros más débiles de la sociedad. En suma, como otros tecnócratas del pasado, pero utilizando menos violencia física directa, estos expertos contribuyeron a estructurar el orden capitalista y participaron, de este modo, tanto a la integración social como a la producción y reproducción de las desigualdades.

Me disculpo por haberme extendido más de la cuenta en esta réplica y espero que pueda contribuir a clarificar algunos puntos oscuros y a seguir alimentando el diálogo. Paradójicamente tras la experiencia solitaria de escritura de un libro, su publicación no hace más que confirmar, en los rebotes de las diversas lecturas, cuánto el resultado escapa a su autor. Ojalá tanto en sus aciertos como en sus fallas, A quoi sert un économiste contribuya a que sigamos escribiendo juntos, sin agresiones ni fronteras, los estudios de la economía.

Mariana Heredia

[1] Robert Castel, Bruno Latour, Marcel Mauss, pero también extranjeros como Judith Butler, Mary Douglas, Timothy Mitchell, se encuentran entre otros en su catálogo.

[2] En Francia, fue largamente reseñado por Gwenhaël Blorville en el blog Liens socio (http://lectures.revues.org/14836) y por Alain-Max Guénette en la revista Gérer et Comprendre de l’École des Minnes (http://www.annales.org/gc/2014/gc_117_09_14.html). En Brasil, fue reseñado por Márcia Cunha para Tempo Social (http://www.scielo.br/scielo.php?pid=S0103-20702014000100016&script=sci_arttext).

[3] El libro mereció varios comentarios en la prensa francesa y suiza. Para solo mencionar los aludidos: la reseña en Le Monde apareció en el suplemento económico (no disponible sin suscripción on-line), el 20/2/14, pág. 7; en la revista La Décroissance me propusieron una entrevista publicada en el número de octubre 2014, pág. 12.

[4] De hecho, estoy terminando ahora un libro en español a publicarse en la Argentina sobre ese tema.

[5] Federico Neiburg, “Sick Currencies, Public Numbers and the Anthropology of Money”, Mana. Estudos de Antropologia social, 3, 1, 2007, p. 119-151.

[6] Antoine d’Autume y Cartelier, Jean (eds.), L’économie devient-elle une science dure ?, Paris, Economica, 1995 (también en inglés) y Christian de Boissieu y Bertrand Jacquillat (eds.), A quoi servent les économistes ?, Paris, Le Cercle des PUF/Descartes & Cie, 2010.

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Comments

  • antoinemaillet  On October 22, 2014 at 7:23 pm

    Muchas gracias Mariana por esta respuesta, y José por haber permitido esta especie de « lanzamiento virtual » del libro.
    Agradezco la respuesta detallada, en particular el relato del proceso de redacción del libro, muy informativo sobre la complejidad y los vaivenes de la escritura académica.
    Al igual que el libro, la nota de Mariana contribuye a presentar una “agenda de investigación” que ojalá sea discutida y enriquecida por investigadores de múltiples proveniencias.

  • gustavoonto  On November 6, 2014 at 10:39 pm

    Muchas gracias por esta respuesta completa, Mariana! (I’m going to write in English in order to make fewer mistakes). It was a pleasure reading your book. I’m actually rereading now the first part to help me in my dissertation. Your answer covers everything we mentioned and goes way beyond in explaining what I couldn’t grasp from the book.
    I hope the other collaborators in our blog are able to read the book since it includes a lot of common topics of interest.
    And thank you Jose for organising this special section of our blog!

  • joseossandon  On November 8, 2014 at 12:38 pm

    Mariana, a partir del comentario de Gustavo aproveché de leer tu post de nuevo y me volvió a gustar. Y me quedé pensando que es como si estuvieras, en paralelo a tu trabajo sobre los economistas, desarrollando acá también una reflexión sobre que es o que significa escribir sobre lo que escribes desde donde lo escribes. Algo ya habías dicho en tu post anterior en el blog (https://estudiosdelaeconomia.wordpress.com/2014/03/24/dialogos-sobre-sociologia-economica-en-el-cono-sur-tradiciones-novedades-desafios/ ). Y que pareciera ir sobre la posibilidad de escribir y generalizar -y no solo contar casos- desde lugares como Argentina, Chile etc. Me gusta la pregunta (y que de hecho creo que es algo que debemos enfrentar cada vez que intentamos publicar! Cuando un artículo con material empírico de un país de AL sirve como ejemplo para hablar del país o del sur global o como se le llame, pero no de procesos sociales más generales; mientras que un caso Anglo-Américano o Francia pasa a ser un ejemplo del mercado, la economía o la sociedad o lo que sea pero sin apellidos). Y me gusta aún más el tono de la reflexión, quizás, porque pareciera que tu solución parece ser ir poco a poco levantando el problema, haciéndolo objeto de reflexión que se va desenredando en el proceso de escritura -o de reflexión sobre esta como en este post- más que intentar dar con una receta o una respuesta rápida.

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