‘Cultura, instituciones y variedades de capitalismo’. Aldo Madariaga reseña y comenta Divergencias. Trayectorias del neoliberalismo en Argentina y Chile de Tomás Undurraga

Divergencias-717x1024[La categoría “debate” es una sección dedicada a discutir a partir de libros publicados por los contribuidores de Estudios de la Economía. En este post Aldo Madariaga comenta Divergencias: trayectorias del neoliberalismo en Argentina y Chile (Ediciones UDP, 2014). El debate a partir de este libro seguirá en unas semanas con un comentario de Fedérico Lorenc y una respuesta a Madariaga y Lorenc por Tomás Undurraga.]

Parto esta reseña dando las gracias brevemente a José por su invitación, a Tomás por facilitar con anticipación un ejemplar, y felicitando a Tomás por su muy interesante libro.

Divergencias: trayectorias del neoliberalismo en Argentina y Chile se enmarca en la sociología cultural comparada y establece dos objetivos: “comprender las variedades de capitalismos” existentes en Argentina y Chile, así como también las “justificaciones que los soportan” (p. 18). Dichas preocupaciones se centran en dos literaturas: de una parte, aquella sobre el nuevo espíritu del capitalismo de Boltanski y Chiapello, complementada con los circuitos culturales del capitalismo de Nigel Thrift, y de otra parte la versión latinoamericana de Variedades de Capitalismos (VdeC) encarnada en los trabajos de Ben Schneider. En términos generales, se trata de una apuesta por juntar enfoques culturalistas e institucionalistas sobre el capitalismo contemporáneo (p. 32). En lo formal el libro cuenta con 299 páginas organizadas en cinco partes, cada una formada a su vez por entre tres y cuatro capítulos (15 en total). La primera parte esboza el marco conceptual, la segunda se dedica a las experiencias neoliberales en Argentina y Chile, la tercera y cuarta a las variedades de capitalismo en ambos países, y la quinta a los nuevos espíritus y sus circuitos culturales.

Esta reseña proviene desde luego, desde mi propia vereda en el debate sobre variedades de capitalismos, aquella que vincula instituciones con intereses y relaciones de poder, y los estudios comparados herederos de la sociología histórica con su tendencia a la formalización. Valga este posicionamiento tanto para hacer justicia a las intenciones de Tomás, como para situar el debate que propongo. Mi comentario se basó en las siguientes interrogantes: ¿cuál es la novedad y poder explicativo de un enfoque culturalista para entender variedades de capitalismos? ¿de qué manera el análisis de las trayectorias chilena y argentina bajo este enfoque permite superar críticas y/o tensiones existentes en la literatura? Como argumento más abajo, la apuesta del libro es sumamente sugerente y audaz en el contexto de VdeC, pero peca de un desbalance en los objetivos que plantea y le falta una conexión más explícita con la literatura de VdeC.

La idea de la existencia de nuevos espíritus del capitalismo que, institucionalizados y circulados a través de determinados circuitos culturales, animarían diferencias sistemáticas en los capitalismos chileno y argentino y permitirían “explicar por qué el neoliberalismo se arraigó en Chile y fue impugnado en Argentina” (p. 29) me parece sumamente sugerente y audaz. El rol que compete a las ideas es sin duda el aspecto menos desarrollado al interior de la corriente de variedades de capitalismo.[1] La incorporación de elementos culturales al análisis de la diversidad institucional del capitalismo contemporáneo constituye en este sentido una deuda, y el libro de Tomás se mueve en la dirección de saldarla. Tomás se centra en cuatro circuitos culturales, entendidos como una “red de instituciones reflexivas” (p. 253) que permitieron justificar y naturalizar determinados tipos de relaciones sociales y acciones: las universidades, la prensa, los think tanks y los servicios empresariales (clubes de negocios, consultorías). Mientras en Chile las ideas neoliberales colonizaron en dictadura las universidades más importantes, constituyendo una fuente de socialización para los nuevos ejecutivos empresariales y políticos de distintos partidos, en Argentina los vaivenes económicos y políticos evitaron aquello, manteniéndose reductos de pensamiento heterodoxo; mientras las ideas neoliberales hegemonizaron la prensa en Chile acallando la crítica, diseminando discursos pro-empresa y una imagen positiva de las reformas, en Argentina afloró una prensa crítica especialmente después de la crisis de 2001. Mientras en Chile los think tanks asociados al empresariado y las ideas neoliberales se constituyeron en fuente de autoridad en las discusiones de política pública, en Argentina la mantención de espacios clientelares asociados al peronismo acotaron su ámbito de influencia; finalmente, mientras en Chile los clubes empresariales se beneficiaron de la unidad del empresariado y lograron homogeneizar las prácticas del management, la división ideológica y de intereses entre los empresarios argentinos agudizó la falta de una cultura empresarial más homogénea. Los circuitos culturales, constituyen de este modo, el mecanismo a través del cual las ideas (o los espíritus) influyen en las trayectorias de ambos países, afectando las prácticas empresariales, las opciones de política pública, y la evaluación que la opinión pública hace de ellas. A diferencia de las corrientes ideacionales al interior de VdeC, donde las ideas tienden a ser más o menos instrumentales a los intereses de ciertos grupos sociales y dependen del poder de éstos para tener un efecto político[2], la apuesta aquí es que una vez que las ideas colonizan los circuitos culturales, pasan a tener un valor propio. Esta tesis me parece sumamente potente, recordando trabajos clásicos como el de Frank Dobbin sobre política industrial en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, y por qué no, al mismo M. Weber en “la ética protestante”. Una vez institucionalizadas en circuitos culturales, las ideas se transforman en una especie de camisa de fuerza que explican la continuidad y legitimidad del capitalismo en Chile, la ruptura y controversia en Argentina.

El texto se vuelve más conservador en las conclusiones, invitando a considerar los circuitos culturales no como “un factor que explica la reproducción del capitalismo de manera unidireccional, [sino como] síntomas de la legitimidad del capitalismo en cada país” (p 297), cuya evolución, crecimiento y contracción dependen de particulares condiciones políticas y sociales. Aquí no sólo se relativiza la tesis, sino que se invierte la relación: ¿Son las ideas las responsables de las variedades o son las variedades las responsables de las ideas? Y sí son ambas a la vez, ¿cómo se relacionan? Me habría encantado leer a Tomás aventurarse –consideraciones epistemológicas de por medio- a plantear la relación entre ideas, instituciones y trayectorias del capitalismo de una manera más nítida. Adicionalmente, me costó en este contexto comprender la relación entre neoliberalismo y capitalismo. ¿Es el neoliberalismo el nuevo “espíritu” del capitalismo? ¿Es el neoliberalismo una “variedad” de capitalismo? ¿Es el neoliberalismo una experiencia histórica que sintetiza ambas? Algunas pistas hay en la p. 35 (“el neoliberalismo en cada país ha generado asociaciones y expectativas distintas con respecto al capitalismo”), pero que no terminan por resolver las dudas.[3]

La parte del libro dedicada a las “variedades” de capitalismo presentes en Argentina y Chile me pareció menos lograda. El libro intenta mostrar sistemáticamente las diferencias entre ambos países en diferentes ámbitos que podrían resumirse en: cultura política y cultura empresarial. Ellos se caracterizan por ciertos elementos institucionales diversos (sistema de partidos, respeto por las instituciones, asociaciones empresariales, etc.) y reflejan patrones diferentes en aspectos tan disímiles como liderazgos políticos, movilización social, negociación política, vínculo empresas/política, relaciones laborales y poder sindical, estilos de gestión empresarial, etc. Se intenta además vincular estos elementos con el aspecto cultural ligado a la legitimación del capitalismo en cada país, “arraigado” en Chile, “impugnado” en Argentina. De este modo, a las diferencias institucionales y sus resultados, les sigue un correlato de diferencias culturales. Si bien se rescata el punto –ambos países presentan diferencias sistemáticas en una serie de registros-, el texto parece entramparse a ratos en una suerte de enumeración de las diferencias. En este sentido, así como se agradece el estilo narrativo que hace el texto más liviano, la falta de más cuadros que resuman la información y permitan llevar un registro de las similitudes y diferencias y de cómo estas se articulan hace difícil mantener el esquema de las variedades planteadas.

En la literatura de VdeC, los ámbitos institucionales que diferencian cada variedad son un resumen de décadas de investigación, y toman su valor del hecho que al tiempo que muestran diferencias y resultados diversos, ofrecen dos “modelos exitosos” de capitalismo. Eché de menos, en este sentido, una justificación de la elección de los ámbitos institucionales analizados, así como una reflexión más acabada sobre la importancia específica de dichos ámbitos para entender las trayectorias de ambos países en el contexto de un enfoque culturalista. En la misma línea, surge del texto una pregunta que me gustaría dejar abierta acerca del significado de las diferencias observadas. Si cada país constituye una variedad por sí mismo (o una variedad dentro de una variedad), ¿existe una finalidad en la identificación de dichas variedades más allá del ejercicio –relevante por lo demás- de constatarlas? Finalmente, la literatura de VdeC se caracteriza por una preocupación especial por los patrones de cambio institucional de las variedades, y las trayectorias de convergencia o divergencia en el tiempo que estos muestran. Se pueden encontrar en el libro constataciones de ello, particularmente para el caso chileno (ej. pp. 106-7; 160-1; 222-3; 249), pero sin una reflexión más profunda respecto de aquellos elementos que contribuyen en el tiempo, ya sea a mantener o a erosionar, las justificaciones del capitalismo.

Para concluir, estamos en presencia de un libro ágil, escrito en clave de narrativa, que utiliza numerosas fuentes primarias y secundarias, y que es efectivo en transmitir su mensaje: habiendo similitudes, existen diferencias significativas en las bases institucionales y culturales de los capitalismos chileno y argentino. El texto será interesante para politólogos y sociólogos latinoamericanistas, especialmente aquellos vinculados de alguna u otra forma con los debates sobre variedades de capitalismos, como también para un público más amplio. Me parece sumamente interesante en este contexto, -y en la línea de la respuesta de Mariana Heredia a las reseñas de su libro- poder conocer de Tomás las decisiones editoriales que se tomaron y cómo ellas influyeron en la confección del texto. Intuyo que este aspecto puede volverse muy interesante en las futuras discusiones y reseñas de libros en nuestra comunidad Estudios de la economía.

Aldo Madariaga

[1] Referentes de esta corriente son Peter Hall, Vivien Schmidt y Mark Blyth. Para un mapa panorámico véase el artículo de Vivien Schmidt en Annual Reviews.

[2] Véase por ejemplo, las conclusiones del libro de Schmidt y Thatcher, “Resilient liberalism in Europe”.

[3] Debo reconocer además que me sorprendió que esta sección –a mi juicio el principal aporte a la literatura de VdeC- apareciera recién hacia el final del libro. Lo anterior es sintomático del desbalance que mencioné entre los objectivos del libro.

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