Thomas Piketty y la ilegitimidad de las desigualdades contemporáneas

A pesar de los voluminosos libros que escribe, Tomas Picketty parece haberse convertido en una suerte de rock star, capaz de avivar el diálogo entre las distintas ciencias sociales y la atención pública en la dimensión social del capitalismo contemporáneo de un lado y del otro del Atlántico. Por esa razón, me gustaría dedicarle aquí algunas reflexiones.

Reconozcamos primero una irritación. Que hayamos tenido que esperar a la publicación de El capital en el siglo XXI para que se revitalizara el debate económico y se reconociera la creciente agudización de las desigualdades socioeconómicas es algo que subleva a la mayoría de los sociólogos y economistas críticos. Casi desde el momento mismo en que comenzaron a liberalizarse los mercados y a replegarse las instituciones estatales, representantes sociales y estudiosos de lo social alertaron al unísono, y en distintos escenarios nacionales, que esas medidas profundizarían, tarde o temprano, la distancia que separa a ricos y pobres en lo que refiere a sus condiciones y oportunidades de vida. Como si esto fuera poco, hace casi cuatro décadas, que las ciencias sociales se esfuerzan por documentar cómo este nuevo ciclo del capitalismo conjuga la expansión floreciente de mercancías con el aumento de la inestabilidad y la agudización de distintos tipos de privación. Y hasta donde alcanza mi conocimiento, exceptuando cierto optimismo por la suerte de los ciudadanos chinos, muy pocos se animan a relativizar las descripciones pesimistas que se derivan de estas investigaciones.

Pero hay que reconocer que no todo es efecto de autoridad en el libro de Piketty. Los análisis del economista francés tenían muchos méritos para alcanzar e intentar persuadir a los lectores más insensibles a la cuestión social: una historia de larga duración solo posible por la observancia estadística europea y la capacidad informática de hoy; una gran destreza narrativa y econométrica y sobre todo un argumento que apunta al corazón mismo de la utopía liberal. Si Piketty triunfa donde otros han naufragado es porque se ha tomado en serio la pretensión de las sociedades occidentales de premiar la innovación y el mérito, demostrando que sus formas actuales de organización no tienen nada que envidiarle al orden mercantil más salvaje. No solo los niveles de desigualdad actuales se han aproximado a los que caracterizaban a las sociedades de fines del siglo XIX, exceptuando algunos nuevos ricos de capacidad extraordinaria, la mayor parte de los individuos más prósperos han hecho dinero con dinero, han sido herederos de una dinastía familiar o han sabido acompañar su suerte inicial con muy buenas inversiones. Un último elemento debería dejarnos una buena lección a los sociólogos: la sencillez y contundencia de su proposición principal. La estocada de Piketty se resume en la fórmula “r > g”, es decir que según el autor, en el mediano plazo, el rendimiento del capital tiende a crecer más que el crecimiento económico.

Más allá de los numerosos y fructíferos debates a los que está dando lugar su obra, me gustaría subrayar una de sus virtudes: la de eludir un discurso moralista sobre las desigualdades contemporáneas (una tendencia frecuente en la prensa demasiado interesada por los casos de corrupción resonantes o el origen non sancto de ciertos patrimonios), reemplazándolo por una consideración más frontal de la legitimidad (entendida como justeza y justicia) de las instituciones modernas. Y es aquí donde me parece particularmente acertada la reflexión de Hopkin (2014: 678) cuando nos recuerda que las fuerzas económicas descriptas por Piketty están “imbrincadas/embebidas/encastradas” (embedded) en arreglos institucionales que solo pueden ser comprendidos cabalmente como fenómenos políticos”. La propiedad privada es apenas una de ellos, que requiere ser instituida, refrendada y defendida por instituciones públicas.

En este sentido, entiendo que los análisis de Piketty son una invitación a revisar los dispositivos técnicos y jurídicos que han articulado históricamente al capitalismo y que han ganado en sofisticación y eficacia en los últimos años. Me resulta particularmente interesante su atención en los sistemas tributarios como base material y simbólica de los regímenes constitucionales. Si estos regímenes intentan anteponer normas explícitas que limiten el poder (físico o económico) de los más fuertes, es evidente que es imposible pensar en la fuerza y la legitimidad de la ley sin pensar en la fuerza de las instituciones que fundan y hacen cumplir un orden relativamente justo.

Más allá de la falta de dimensiones socioculturales el estudio de Piketty, creo que tiene el mérito de coincidir con la propuesta de Tilly (2002) de estudiar las desigualdades persistentes desde una perspectiva relacional que ponga su foco menos en las “entidades autopropulsadas” (las clases) que en el entramado mecanismos que articulan las diferencias entre los miembros de una sociedad. Dos caminos me parecen fecundos: tanto la consideración de la debilidad de las instituciones públicas existentes para cumplir con muchas de sus funciones regulatorias, como el análisis del establecimiento de mecanismos que siendo completamente legales se han vuelto ilegítimos. Por un lado, estaría la diversidad de acceso a la justicia y el desigual cumplimiento de la ley según la fortaleza de los litigantes. Por el otro lado, estarían una diversidad de procesos legales que habilitan y protegen beneficios claramente ilegítimos como las tasas usurarias que pagan los pobres a sus acreedores.

Si bien estas son algunas de las pistas que me interesa personalmente seguir profundizando, me da la sensación de que Piketty se está ganando un lugar como referente de distintas disciplinas y que sus obras están habilitando discusiones capaces de recuperar herencias clásicas y de renovar el modo en que pensamos nuestras agendas de investigación y el diálogo con los economistas.

Mariana Heredia

Referencias

Hopkin, Jonathan (2014): “The politics of Piketty: what political science can learn from, and contribute to, the debate on Capital in the Twenty-First Century”, The British Journal of Sociology, Vol. 65, Issue 4.
Piketty, Thomas (2013): Le capital au XXIe siècle, Paris, Seuil.
Tilly, Charles (2002): La desigualdad persistente, Buenos Aires, Manantial.

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