Sujetos de crédito: juicios, estrategias y prácticas crediticias en los hogares chilenos

Me gustaría partir este post agradeciendo la oportunidad de dar a conocer mi proyecto de investigación doctoral en curso, en particular a José Ossandón y a Felipe González.

En este post presento algunos datos prácticos sobre el proyecto que actualmente llevo a cabo en la Universidad de Manchester, algunas coordenadas teóricas para comprender de dónde viene y hacia dónde va, y algunos análisis preliminares. La investigación doctoral, cuyo título preliminar es Living in Debt: the expansion of credit practices in Chilean society as a social device, busca comprender como las prácticas de crédito se encuentran en lo social. Se entiende que existen narrativas que tienden a consolidar el tema de la deuda, desde la perspectiva del abandono del estado de bienestar, desde las innovaciones financieras, y desde las explicaciones del ethos del neoliberalismo; en este caso el objetivo es examinar la vida económica cotidiana de los hogares, sus prácticas, aspiraciones, y marcos de valoración. Cuándo, cómo y por qué se usa el crédito se encuentra instituido en estructuras sociales más allá de lo económico. A su vez, al abrirle la puerta de sus casas al crédito -y al endeudamiento-, las familias chilenas han establecido prácticas y significados propios, y usan, apropian y luchan con instrumentos financieros desde sus propias circunstancias.

Métodos y contexto

Desde el punto de vista metodológico, el proyecto –cuyos orígenes cuantitativos están mi proyecto de titulación de maestría- considera una sección cuantitativa y otra de carácter cualitativo. La primera sección incluyó el análisis de datos secundarios de la Encuesta Financiera de Hogares (EFH, series 2007-2012), la Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF, 2011-2012) y la Encuesta de Protección Social (EPS, 2009). La segunda sección, por su parte, abarcó la realización de entrevistas semi-estructuradas con jefes/as de hogar de la ciudad de Santiago y de la ciudad de Copiapó. El foco estuvo en el proletariado post-industrial, con tres subgrupos: uno de trabajadores/as de casas comerciales, otro de micro-emprendedores (gracias a la colaboración de Fosis), y otro de diversas ocupaciones de rutina no manual. Por último, se realizaron entrevistas con agentes involucrados en la provisión de Educación Financiera, públicos, privados, y del tercer sector.

El contexto socio-histórico de la investigación se inicia con la expansión y consolidación del mercado del crédito en la sociedad chilena. Esta expansión fue liderada por los bancos, a fines de los 70 y a comienzos de los 80, alberga explicaciones de orden macroeconómico, tal como tasas de interés atractivas, una política monetaria ad hoc y un inédito crecimiento económico. Sin embargo, a contar de mediados de los 90, se consolidan nuevos actores en mercado del crédito, lo que a su vez permitió que nuevos grupos sociales se transformaran en sujetos de crédito. Casas comerciales, supermercados, y otros comercios minoristas llevaron a cabo sus propias adaptaciones organizacionales para innovar financieramente, orientándose a grupos ordinariamente excluidos financieramente, tal como familias de bajos ingresos, dueñas de casa, jubilados, y estudiantes de educación superior. Desde el mercado y la política, este proceso fue bautizado como “la democratización del crédito”, concepto que otros leen como la más concreta de las inclusiones realizadas tras el ajuste estructural y la llegada de la democracia en 1990 (Moulián 1997, 1998; Garretón, 2002), en desmedro de la integración social y política.

A partir de los 2010s, alrededor del 77% de las tarjetas de crédito activas en el mercado corresponden al autodenominado retail-financiero. Su tenencia y uso se encuentra transversal a todas las posiciones sociales. Respecto a categorías ocupacionales, los hogares de burocracia de servicios baja presenta 60% de endeudamiento atribuible a las tarjetas del retail-financiero, pero cifras similares se encuentran en el personal doméstico, micro-emprendedores, y personal de ventas. Esta predominancia sitúa al retail-financiero como un lugar de ineludible relevancia sociológica, sumado a su incidencia en el consumo y en la configuración del “nuevo proletariado”.

Crédito como práctica social

Las prácticas de crédito aparecen como una actividad propia del intercambio dentro el esquema polanyiano procesual de las actividades económicas, sin embargo, en tanto prácticas hay elementos que lo permiten ubicarlo en las actividades de consumo, en tanto hay una apropiación y un trabajo relacionado con su uso que no figura propiamente en las esferas de intercambio, sino que más bien en las esferas domésticas del trabajo requerido para realizar los arreglos presupuestarios necesarios para permitir el consumo. Es un trabajo que requiere habilidades y conocimientos -no estrictamente económicos- que se sitúa en la esfera del consumo como consumo-trabajo -vaya si sacar cuentas y manejarse en las finanzas domésticas modernas requiere trabajo- (Wheeler & Gluckmann, 2015), pero sin llegar a constituir una esfera autónoma.

El crédito puede ser entendido desde una perspectiva de causalidad compleja. A través de ella, se consideran las estructuras legales y políticas que se entrelazan para aumentar la disponibilidad del crédito, y las disposiciones culturales y sociales para usarlo, además de las formas sociales que se producen a partir de la operación de las mismas instituciones financieras, como el credit scoring. Esta visión estructural es reforzada y complementada con la perspectiva del crédito como una práctica, y ofrece inmejorables beneficios teóricos. Sus consideraciones nos permiten investigar los diversos conocimientos, habilidades, significados, valoraciones y agencia de individuos y hogares, que las prácticas de crédito transportan y despliegan en el manejo de las finanzas domésticas. En este sentido la perspectiva de las prácticas permite comprender el crédito no sólo prestando atención a las condiciones macro-estructurales que sostienen la expansión del crédito -orientación de la economía a la acumulación de capital, el retiro del Estado, elementos de debtfare state en la economía-, de mercado –cambios en el modelo de negocio de las grandes casas comerciales-, o sociales –advenimiento de una cultura de consumo-, sobre las cuales las prácticas de crédito se articulan e instituyen como actividad de la vida económica, sino que también sobre las prácticas en sí mismas, y como ellas se insertan en la cotidianidad, y como se entrelazan con otras prácticas como compras, bancarización y manejos presupuestarios domésticos. Finalmente, esta perspectiva nos permite evadir reportes de individuos infra o supra-socializados.

Las grandes cifras de endeudamiento paradojalmente llevan a que la condición de deudor se torne irrelevante desde el punto de vista metodológico, en la medida que la expansión del crédito ha transformado está práctica como una actividad al alcance de casi todos, en cada momento y en múltiples formatos. Aún más, las historias de crédito nos hablan de una condición de la que se entra y sale con trivialidad. De esta forma, parece recomendable focalizarse en las prácticas en sí mismas –como una puerta de entrada a posteriores desarrollos investigativos-, cómo evolucionan, cómo se componen, cómo se relacionan con otras prácticas y cuáles son las habilidades, conocimientos, materialidades y significados que imponen y negocian con los sujetos de crédito.

La teoría de las prácticas intenta explicar la organización social y la agencia desde un mismo lugar. Nos remonta a conductas que se rutinizan, principalmente en actividades diarias, pero que son la cara visible de múltiples procesos: actividades físicas, mentales, objetos, un know-how, conocimientos de base y motivaciones (Reckwitz, 2002). El énfasis está en las rutinas y competencias, y cómo los instrumentos son usados y apropiados en maneras siempre particulares, mientras los ejecutores adaptan, improvisan y experimentan in situ. De manera similar, es una forma de resituar a los sujetos de crédito más allá de su perfil de individuos-consumidores tomadores de decisiones financieras, yendo a sus circunstancias materiales y sociales y a sus prácticas ordinarias (Warde, 2005; Gronow & Warde, 2001).

El crédito es un paquete de prácticas con elementos racionales, emocionales, y de “racionalidad alternativa”. Se fundamenta en cálculos racionales –sacar cuentas en un cuaderno, una planilla Excel o en la propia cabeza-, pero también está enraizado en una manera de calcular que puede contradecir los manuales de la teoría económica neoclásica. Por ejemplo, el uso de las tarjetas de crédito ha ido evolucionando en las últimas décadas de acuerdo e incluso su uso difiere del uso estipulado por los proveedores de crédito, y que se les hace difícil de seguir. Se trata de un uso negociado, resignificado junto con las prácticas del presupuesto del hogar y del consumo. Los hogares idean sus propios métodos, evalúan las diferentes posibilidades de crédito y elaboran arreglos que pueden involucrar pedir un préstamo o “un avance”, “sacar” un bien durable en una casa comercial o sincronizar el presupuesto del hogar considerando múltiples compras en cuotas.

Las prácticas del crédito

¿Qué relación existe entre el crédito y sus prácticas relacionadas? Se puede argumentar que el crédito es una actividad subordinada al comprar, o a lo menos, que es una actividad que no es ejecutada como un fin en sí mismo. Sin embargo, las prácticas de crédito tienen una gran participación en la forma en que los hogares compran y consumen. Aún más, el crédito es una práctica colaborativa con las prácticas de presupuesto familiar: los hogares le adhieren al crédito un rol de crédito-ingreso que sustituye al dinero respecto a sus características de medio de pago y método de contabilidad. Los saldos de crédito son administrados como los límites de lo posible. Las prácticas de usar efectivo, tarjetas de débito o crédito evolucionan y expanden los límites de la práctica.

A diferencia de las narrativas del consumidor ingenuo o irreflexivo, el uso del crédito en los hogares va hacia una dirección distinta. Las narrativas del crédito implican que los hogares se sitúan en una línea continua que va desde el empoderamiento hasta la explotación, desde un manejo de activos sociales para la apropiación de la estructura de oportunidades disponible hasta llegar a un drama social con carácter de mal necesario. El crédito es visto en los hogares como un “actuar sensato” en situaciones donde los lazos familiares y la economía emocional puede estar en juego. Regalos, aspiraciones, proyectos familiares ocurren a través de las prácticas del crédito, y no pueden ser invisibilizadas en las dinámicas familiares, llegando a incluso ser parte de los valores a transmitir de generación en generación. De acuerdo a los hogares, disciplina, responsabilidad y focalización constituyen las partes esenciales de la matriz ética del usuario del crédito que evita el drama social y que se apropia del crédito, y a su vez permite que el crédito se apropie de su familia. Las condiciones de reclutamiento de las prácticas de crédito descansan sobre condiciones estructurales desiguales y los hogares deambulan entre lo que “es necesario hacer” y lo que las mismas prácticas de crédito les demandan, en tanto participan de ellas.

Desde esta misma perspectiva, el crédito también despliega contradictorios significados en los planificadores/as domésticos/as. El peso del crédito está vinculada a una serie jerarquías sociales y morales que definen la legitimidad de los usos del crédito y sus objetivos, y el juicio colectivo detrás de estas valoraciones, por ejemplo, respecto a las diferentes apreciaciones respecto a lo adquirido y/o apropiado. El crédito es bueno y malo a la vez, pero rara vez es neutro. Hay familias que hablan orgullo respecto a sus “habilidades” para aprovechar las oportunidades y producir sus propios arreglos con las tarjetas de crédito, mientras otros jefes/as de hogar establecen que “no son de esas familias de tarjetas de crédito”.

A través de estas prácticas, las posiciones sociales son evaluadas y afirmadas. Los sujetos de crédito -clientes, jefes o miembros de un hogar, consumidores- evalúan sus estrategias de movilidad social en relación con el crédito, y cómo ella ha ido evolucionando en el tiempo. También su evaluación de las desigualdades sociales se ve condicionada por el uso y naturalización del crédito. La incorporación del crédito y su carácter de crédito-ingreso acerca virtualmente lo que parece lejano, en términos de “calidad de vida”, “una vida digna” y “una vida de clase media, aunque sea baja”. Las prácticas de crédito se naturalizan como marcadores de posición social. A ello contribuye su estratificación social de acuerdo a los proveedores del crédito, y el discurso que los mismos que los mismos consumidores del crédito despliegan respecto a sus usos.

Las prácticas de crédito no ocurren de manera aislada o única, sino que constituyen un conjunto de sub-prácticas. Esto implica que los practicantes de crédito tienen o han tenido más de un instrumento de crédito, y el uso de tarjetas de crédito involucra el uso y apropiación de varias tarjetas de crédito, o bien el uso de crédito significa relacionarse con diversos agentes de crédito. Los usuarios de crédito elaboran sus propios arreglos, que incluyen operaciones de combinación, temporalidad, marcado, y contabilidad. La superposición de sub-prácticas de crédito se encuentra instituida en un marco legal que hace imposible –aún- lo que técnicamente es posible: el cruce de información entre los distintos agentes proveedores de crédito, lo que eventualmente implicaría una gran transformación respecto a los resultados de prueba social (Lazarus, 2009) que implica la convertirse en un sujeto de crédito. A su vez, el sobre-endeudamiento, en términos objetivos e institucionales, está instituido en este marco legal, y para los hogares aparece dentro de lo posible y oportuno, y sus límites se construyen de una manera subjetivamente lejana: todos estamos endeudados, pero otros son lo que están sobre-endeudados o bien, el sobre-endeudamiento es una lección superada. Eso explica que usualmente la categoría de sobre-endeudamiento aparezca más bien baja en las encuestas financieras representativas, alcanzando a cifras cercanas 15% (en algunos grupos al 30%), es entonces el sobre-endeudamiento una categoría que se construye moralmente desde los hogares y los marcos políticos de las organizaciones orientadas a la educación financiera, parecen no entrar en discusión.

Las operaciones familiares de crédito se relacionan con las diferentes maneras de manejar y entender el dinero. Estos conocimientos propios, negociados y con altas dosis de reflexividad a cuestas, se oponen a la exigencia de ser ciudadanos financieros y los requisitos de gubermentalidad y de rendición de cuentas a los que los hogares son sometidos en sus encuentros diarios con el crédito, en lo particular con su contradictoria y problemática relación con los agentes proveedores de crédito. Preliminarmente, se puede afirmar que las prácticas de crédito se relacionan de manera más amplia con la forma con la que los hogares entienden, califican, jerarquizan sus propias actividades económicas desde un punto de vista social, moral, y afectivo, y la forma como agencian sus activos y estrategias en lo que consideran como el contradictorio “mundo del crédito”.

Alejandro Marambio

Referencias

Garretón, M. A. (2002). La transformación de la acción colectiva en América Latina. Revista de la CEPAL.

Gronow, J., & Warde, A. (Eds.). (2001). Ordinary consumption (Vol. 2). Psychology Press.

James, D. (2012). Money-go-round: personal economies of wealth, aspiration and indebtedness. Africa, 82(01), 20-40.

Lazarus, J. (2009) “L’épreuve du crédit ”, Sociétés contemporaines 4/2009 (No 76) , p. 17-39 (versión en inglés)

Moulian, T. (1997). Chile actual: anatomía de un mito. Lom ediciones.

Moulian, T., (1998). El consumo me consume. Santiago: Lom.

Reckwitz, A.(2002). Towards a theory ofsocial practices: A development in culturalist theorizing. European Journal of Social Theory, 5(2), 243–63.

Warde, A. (2005). Consumption and theories of practice. Journal of consumer culture, 5(2), 131-153.

Wheeler, K., & Glucksmann, M. (2015). ‘It’s kind of saving them a job isn’t it?’The consumption work of household recycling. The Sociological Review.

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