T. Undurraga responde comentarios sobre Divergencias

Divergencias-717x1024[La categoría “debate” es una sección dedicada a discutir a partir de libros publicados por los contribuidores de Estudios de la Economía. En este post Tomás Undurraga responde los comentarios sobre su libro Divergencias: trayectorias del neoliberalismo en Argentina y Chile (Ediciones UDP, 2014)]

Quisiera partir agradeciendo a José Ossandón (y a Felipe González) por mantener activa esta comunidad de estudios sociales de la economía y por el debate académico que promueven. Los comentarios a continuación apuntan a responder las observaciones y preguntas planteadas por Aldo Madariaga y Federico Lorenc Valcarce sobre Divergencias en este blog, y en segunda instancia, a las reseñas que Kathya Araujo, Cristóbal Bellolio y Raimundo Frei Toledo hicieron sobre el mismo libro en otros espacios. Mis agradecimientos por el tiempo de cada uno, por sus críticas y reflexiones. Tal vez sea un lugar común subrayar que una vez impresos, los libros viajan y escapan de los autores. No por ello es menos cierto que cada lector toma aquello que le hace sentido o sorprende y que también reacciona contra los argumentos que le parecen menos logrados. Los comentarios de estos cinco lectores evidencian no sólo las veredas intelectuales desde donde sitúan sus análisis – Araujo desde la sociología de los actores, Frei Toledo desde la sociología de la cultura, Bellolio desde la ciencia política, Madariaga desde las variedades de capitalismo y Lorenc Valcarce desde la sociología política – sino también que este es un libro híbrido, que en su afán de plantear una sociología comparada, terminó ubicándose en la intersección de dos literaturas – las variedades de capitalismo y la sociología cultural. Por eso mismo, está expuesto al examen de éstas y otras discusiones en que se inmiscuye dentro y fuera de la sociología.

Agradezco las menciones a los contenidos y pasajes mejor logrados del libro. En estas líneas me centraré en las principales críticas y controversias. Para ello quisiera aclarar dos puntos. Primero, el libro terminó siendo más extenso y ambicioso de lo que lo imaginé cuando comencé mi investigación. Segundo, y acaso por la mismo razón, con sus aciertos y fallas, se vuelve más vulnerable a distintos tipos de críticas especializadas. Organizaré mis comentarios en torno a tres puntos. A partir de la pregunta de Aldo sobre las decisiones editoriales, realizaré una suerte de genealogía de Divergencias para explicitar mis decisiones de investigación y el recorrido (y también la distancia) entre la tesis original y la confección del libro. Luego me explayaré sobre la tensión existente a través del texto entre la sociología de la cultura y las variedades de capitalismo que Aldo, Raimundo y Kathya mencionan. Por último, discutiré la cuestión metodológica planteada por Federico sobre cómo enfrentar el problema de hacer sociología comparada sin contar con toda la información que cuentan los nativos, y cómo enfrentar los discursos de los actores e intelectuales locales para la reconstrucción de época.

I.

Esta investigación se inicia frente a la pregunta por la dimensión cultural para explicar la esfera económica; es decir, la pregunta por el rol de las ideas y de las ideologías en las formas que toma el capitalismo en Argentina y Chile. Mi interés por las justificaciones del capitalismo, por sus circuitos culturales y por los repertorios de evaluación que movilizan sus agentes surge tanto de los discursos naturalizados sobre el éxito del mercado dominantes en Chile durante los 2000s como de mi propia experiencia laboral en estos circuitos culturales. La idea que el capitalismo se ha sofisticado y produce sus propios aparatos reflexivos que le permiten a las empresas integrar las críticas que reciben y continuar así sus procesos de acumulación me parecía en los inicios – y me sigue pareciendo ahora- muy potente y central para comprender los modos del capitalismo contemporáneo. En el diseño de investigación original fueron los circuitos identificados por Thrift – think tanks pro empresas, escuelas de negocios, prensa economía y consultoras – tanto como la ideología del management mi objeto de estudio para indagar las trayectorias del neoliberalismo en Argentina y Chile. Como bien resume Aldo, la hipótesis del libro es que las ideas (o los espíritus) influyen en las trayectorias de ambos países, afectando las prácticas empresariales, las opciones de política pública, y la evaluación que la opinión pública hace de ellas. Al comenzar el trabajo de campo en 2008 en Chile, participé en talleres de formación para ejecutivos y realicé una serie de entrevistas con profesores de escuelas de negocios y consultores de empresas. En ambas instancias me encontré con un discurso monolítico que repetía las bondades del mercado y las fundaciones del éxito del modelo chileno. La ideología del management estaba en su pick en Chile – al año siguiente sería el slogan de campaña del gobierno de Piñera: la nueva forma de gobernar. En esas primeras entrevistas recolecté un material riquísimo sobre narrativas naturalizadas del discurso hegemónico. Sin embargo, me encontré con el problema añadido de que esos actores – que se ubicaban en el corazón del aparato reflexivo del capitalismo que quería estudiar – eran incapaces de reflexionar sobre el propio aparato del cual formaban parte. Entonces, decidí ampliar la base de actores a quienes dar voz, para incluir tanto élites empresariales– los principales beneficiados del neoliberalismo – como intelectuales – historiadores, politólogos, sociólogos– y políticos que habían estudiado o participado activamente en las discusiones sobre las relaciones entre mercado, política y empresas en estos países. Con ese diseño recolecté más de 60 entrevistas en Chile, y luego una muestra similar en Argentina, donde también participé en talleres de formación de ejecutivos.

Al contrastar el papel de esos circuitos culturales en ambos países advertí no sólo las diferencias siderales de influencia y recursos que estas instituciones movilizaban, sino también que estos circuitos no eran agentes espontáneos que surgían del devenir reflexivo del capitalismo – como planteaba Thrift. Por el contrario, estos circuitos mostraban la capacidad de los empresarios de cada país para articular sus intereses de clases, las relaciones entre las elites económicas y políticas, el debate intelectual donde estos centros operan, y la propia coherencia o disonancia entre las ideas trasmitidas por estos circuitos y las experiencias del neoliberalismo en cada país. Es decir, para explorar justificaciones del capitalismo, antes necesitaba poner en contexto las instituciones, la posición de los actores y las trayectorias del neoliberalismo en cada país.

De este modo, opté por enmarcar esta investigación en la literatura sobre variedades de capitalismo (VdC). En particular, los trabajos de Hall y Soskice, y Schneider et al para América Latina, ponen en el centro del debate el papel de las empresas y los tipos de coordinaciones entre empresarios, trabajadores y gobiernos para indagar las similitudes y variedades del capitalismo. Del enfoque de VdC tomé la estructura comparativa sobre los aspectos institucionales, pero – tal como explico en p.65 – no propuse un uso ortodoxo de ésta, sino que incorporé el papel del estado, y rasgos de las culturas políticas y empresariales de Argentina y Chile. Acuerdo con Aldo en que la profundidad con la que me sumergí en las VdC y las discusiones dentro de esta literatura podría haber sido mayor. Pero discrepo con la idea de que cada país constituye una variedad de capitalismo por sí mismo (o una variedad dentro de una variedad). De hecho, sigo convencido de que hay muchas similitudes entre Argentina y Chile. Y pienso que hay aún más similitudes si la comparación se establece entre los capitalismos de Chile y Colombia o Argentina y Brasil. La estructura que tomó el libro surge de la pregunta original por el rol de las ideas en las formas del capitalismo, y del enfoque de las variedades para contextualizar las instituciones y la posición de fuerza de los actores que movilizan esas ideas.

Un tercer momento en la producción de Divergencias fue su particular trayectoria narrativa. Esta partió de una investigación basada en literatura en inglés y en castellano, un trabajo de campo en castellano, que escribí y edité en inglés, y que fue luego traducido y editado en castellano. En ese viaje de traducciones y ediciones entre lenguas hubo varias transformaciones. Dos procesos decisivos fueron la edición en inglés de la tesis – donde aposté a simplificar el lenguaje en pos de la comparación y la legibilidad de un lector anglosajón – y luego la transformación de tesis en libro, que significó poner a prueba el texto con los editores y algunos colegas. La tesis original contaba con siete capítulos, de los cuales eliminé uno y medio para el libro (aquel sobre la modernización en América Latina y medio sobre metodología), y dividí los seis restantes en cinco partes y 15 capítulos. En esta edición además se eliminaron varias observaciones académicas, la mayoría de las notas al pie que abordaban los claroscuros y salvedades de los argumentos y las conclusiones de cada capítulo, más propias de una tesis académica que de un libro. Así, el texto ganó en agilidad aunque perdió alguna sutileza de las reflexiones académicas. Si las comparaciones de por sí tienen como costo la pérdida de especificidad y textura, por otro lado tienen la ventaja de ofrecer un buen lente para analizar trayectorias propias desde la experiencia del otro, y viceversa. Por ello, no me sorprende que un lector especializado como Federico haya encontrado en Divergencias pasajes muy generalistas. Por cierto, podría haber discutido críticamente la performatividad de los rankings y saberes económicos, y reconstruido sociológicamente las posiciones de clase para explicar los procesos de modernización en cada país – de hecho esto aparecía en partes de la tesis original. Sin embargo, mi opción autoral fue agilizar el texto y así facilitar la comparación. Aún así, tomo el comentario de que una reflexión crítica sobre las propias fuentes utilizadas, y un mayor diálogo entre sociología económica y política hubieran sofisticado las pruebas presentadas. Volveré sobre este punto en la discusión sobre metodología (III).

II.

La relación entre instituciones, culturas y actores, o bien la cuestión acerca del modelo teórico que esboza Divergencias es la zona donde quizá haya más espacio de debate. Aldo subraya que los circuitos culturales funcionarían como mecanismo a través del cual los espíritus del capitalismo influyen en las variedades del mismo, aunque comenta que esta tesis se invierte y relativiza en las conclusiones del libro. Por su parte, Kathya resalta que el libro desborde las premisas teóricas de investigación – i.e. el papel de los espíritus del capitalismo para explicar el éxito del neoliberalismo en Chile y su desacreditación en Argentina – y que vincule estas trayectorias a procesos históricos relacionados con la mayor o menor compacidad de la alianza entre clase política y/o estado y empresariado. Raimundo destaca la narratividad que ganan las variedades de capitalismo cuando el texto se inmiscuye en las disputas y prácticas sedimentadas de las elites económicas y políticas, pero cuestiona la consistencia del libro para definir las relaciones entre institución y cultura.

Estoy de acuerdo en que una propuesta más nítida sobre la relación entre instituciones y culturas, o un modelo teórico que reconcilie ambos enfoques, hubiera significado una contribución. Me limité a discutir los aportes de este caso de estudio sobre Argentina y Chile a las tesis de los circuitos culturales de Thrift y a la del nuevo espíritu del capitalismo de Boltanski y Chiapello. Esa era la premisa original, y ese contexto de las justificaciones fue el que problematicé al considerar las relaciones de fuerza de los actores, las coerciones materiales y las trayectorias políticas del capitalismo. Por eso, desconfío en parte con la tesis de que cuando las ideas colonizan los circuitos culturales pasan a tener un valor propio, como Aldo sugiere. Sin embargo, en lugar de invertir la relación entre ideas e instituciones, la contextualizo. Los circuitos culturales no son generaciones espontáneas que nacen de la sofisticación inherente del capitalismo, como sugiere Thrift, sino que son fruto de la inversión deliberada del sector empresarial – de su capacidad para articular sus intereses de clase – así como de las disputas en el campo intelectual y de las propias experiencias del neoliberalismo en cada país. Por eso concluyo que antes que un factor explicativo unidireccional de las trayectorias del neoliberalismo en Argentina y Chile, “los circuitos culturales son síntomas de la legitimidad del capitalismo en cada país, cuya evolución depende de las inversiones deliberadas del sector empresarial, que se expanden y contraen en función del tamaño y las demandas del sector privado, y las condiciones políticas y sociales de cada país” (p.297). Desde mi perspectiva, la posición de los actores es fundamental. Los circuitos y sus discursos no bastan para explicar las variedades. A pesar de que la retórica del nuevo espíritu del capitalismo es abrumadora en Chile, en la práctica los valores que encarnan ese nuevo espíritu se manifiestan más claramente en Argentina. Tras el discurso new age del management chileno se esconden relaciones laborales verticales que concentran los procesos creativos a las cúpulas de las empresas. Por otro lado, las relaciones más horizontales y desafiantes entre empleador y empleado en Argentina responden más a la fuerza organizacional y a los recursos económicos preservados por el sindicalismo peronista, que a los discursos y justificaciones.

Más que determinar una causalidad entre instituciones y cultura, planteo que existe una relación simbiótica entre estos circuitos culturales y los actores que las promueven. Recuerdo vivamente una entrevista con Juan Llach en la que narraba cómo el robusto campo de las consultorías y encuentros empresariales que había florecido en los noventas se había disipado en los dos mil no sólo por la contracción económica, sino también porque los empresarios dejaron de invertir en consultorías y eventos en Argentina: era políticamente riesgoso estar asociado a ellas. Que la clase empresarial sea la encargada de defender al capitalismo no es una idea novedosa, Schumpeter lo planteó hace ya varias décadas (1942). En las conclusiones del libro me restringí a discutir los desbordes del argumento cultural al considerar el contexto de los actores. Tal vez, debí haber incluido una declaración más explícita sobre la simbiosis entre ambos.

III.

Por último, me referiré a la cuestión metodológica planteada por Federico respecto a cómo usar los discursos de los actores para hacer sociología comparada cuando no tenemos cabal conocimiento del terreno. ¿Hasta qué punto podemos confiar en la validez de los argumentos y datos presentados por otros investigadores cuando no conocemos toda la polifonía de las perspectivas locales? Dos comentarios sobre esto: uno, referido al uso de los discursos; otro, sobre el riesgo de las comparaciones.

Como los lectores de este blog bien saben, trabajar con entrevistas y discursos es una herramienta de doble filo. Por un lado, nos permiten recoger de primera mano las visiones de mundo de los actores, así como la forma en la que piensan y justifican su accionar. Por otro, precisamente por ese mismo carácter discursivo, las entrevistas no nos permiten saber en primera instancia si ocultan o revelan las intenciones de los actores, si son genuinas o si tienen segundas o terceras intenciones. De ahí la importancia de triangular los datos con otras fuentes, de contrastar la coherencia de los discursos entre entrevistados, y de incluir la mirada de académicos locales, todos recursos que utilicé largamente en esta investigación. Puede que no haya sido suficiente. Contar con la revisión de nuevos especialistas locales parece ser un paso lógico del que siempre estaré agradecido. Así hubiera logrado evitar algunos de los errores factuales identificados por Federico. Sin embargo, los testimonios de empresarios, periodistas económicos y consultores sobre el ambiente de negocios, la corrupción o la acción estatal en Argentina y Chile tienen especial valor en este trabajo: son ellos los actores de los circuitos culturales, y sus justificaciones, el principal objeto de estudio. Sus palabras fueron consideradas válidas, pero en ningún caso a-problemáticas. Puede que los testimonios no satisfagan la polifonía de posiciones que un lector especializado como Federico tiene derecho a esperar. Sin embargo, darle voz a las elites económicas e intelectuales fue una decisión clave de esta investigación, que defiendo en la introducción (p.19) y vuelvo a debatir en el cierre (p.298). Probablemente otras utopías y distopías habrían salido a luz si la comparación hubiese puesto el foco en otros actores.

Quisiera concluir refiriéndome brevemente a los compromisos del recorte comparativo. A sabiendas de los riesgos y dificultades que supone como investigador extranjero inmiscuirse en problemas locales, los beneficios del ejercicio comparativo me parecen inmensamente mayores. Romper el nacionalismo metodológico es una de las aspiraciones que este trabajo intenta propiciar. Si no fuera así, el Peronismo sería un objeto de estudio reservado sólo a investigadores argentinos que conocen desde dentro su maquinaria política y el territorio en que este opera, y la ideología del management chilena estaría limitada a los investigadores nacionales inmersos en prácticas empresariales. Probablemente los aportes de Divergencias no radican en las discusiones específicas, sino en la visión panorámica que ofrece sobre las experiencias comparadas de Argentina y Chile, las conexiones entre instituciones, culturas y actores económicos, y la pregunta por las justificaciones del capitalismo para examinar sus variedades.

Mis disculpas por la extensión de esta respuesta. Espero que mis observaciones ayuden a disipar algunas de las dudas planteadas y nutran y provoquen nuevas preguntas, conversaciones y diálogos.

Tomás Undurraga

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